La izquierda siempre ha tenido ganadas las batallas de la imagen y de la ideología. Cuando los nazis perdieron la Segunda Guerra Mundial, su ideología perversa y discriminatoria se prohibió por ley. Pero, como los soviéticos habían ganado el conflicto, la igualmente maligna ideología comunista no cayó al lado del nazismo. La palabra “comunismo” fue considerada positiva, a pesar de que describía un horror muy similar al nazi y había provocado decenas de millones de muertes.

En España y otros lugares, los conservadores han ido cambiando ese nombre por el de “populares”, en un claro ejercicio de camuflaje semántico. En realidad, la Academia define “popular” como “propio de las clases sociales menos favorecidas”. Los conservadores ganaron su mayor batalla lingüística al convertir el halagador término “progresista” en la voz despectiva “progre” y, después, en la muy insultante “giliprogre”.

‘Cambio’ ha sido otra palabra en liza en el discurso político, también conocido como discurso de las mentiras. El partido que más ha utilizado la palabra cambio en frases, discursos y carteles ha sido, curiosamente, el que más años ha gobernado y más cosas habría podido modificar en España: el socialista. Otra paradoja fue el viraje del término “feminista”, que venía a significar partidario de la igualdad y se convirtió en todo lo contrario: en partidario de eliminarla para someter al varón.

Los partidos dispuestos a aniquilar la equidad real consideraron rentable la operación semántica y política. Desde luego, han convencido a un pueblo de que no es lo mismo ser injusto con un sexo que con el otro. Terminaron apoyando la falsa igualdad casi todos. También los conservadores que, en privado, la denunciaban como muy injusta porque sabían que los calabozos de las comisarías estaban llenos de inocentes señalados por sus mujeres. España fue el único país del mundo que promulgó leyes que incluían el vocablo igualdad en su articulado, pero castigaban los mismos delitos con diferentes penas según el sexo. O según el género, como dicen ellos.

Los feministas radicales acogieron con mucho disgusto el neologismo feminazi. El feminismo radical dimana claramente de la órbita del marxismo y amplía el negocio del proletariado a las féminas, porque sustituye el eslogan: “Proletarios del mundo uníos” por el pensamiento “Mujeres del mundo, uníos”. Pero los creadores de la voz feminazi se referían, en realidad, al aspecto filonazi de la cuestión.

A que el feminismo totalitario perseguía por nacimiento a un grupo social completo, el de los varones, como antes había hecho Hitler con el de los judíos, también por razón de cuna. Ambas ideologías condenan por el origen y no por los actos del sujeto. Nada que ver, en efecto, con el antiguo movimiento democrático a favor de la equiparación de ellos y ellas, que se replegó o permanece prudentemente escondido hasta que pase la ola más radical. Los dos feminismos se diferencian también por un argumento crematístico: el igualitario raramente consigue subvenciones aquí y no es un negocio.
(Continuará)

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