La ideología llena ahora el espacio de nuestros cerebros que antes ocupaba la inteligencia. Para entender la jerga política nacional, debemos empezar por asumir algo: en pleno siglo XXI, los españoles continuamos llamándonos entre nosotros rojos y fachas, dos anacronismos que chirrían. Son calificativos que deberían llevar décadas arrumbados en los libros de historia.

Casi ninguno de los que las esgrimen como insultos sabe qué significan esas dos palabras, ni tampoco tiene la menor idea de en qué país o siglo nació el fascismo, ni conoce qué narices fue el Ejército Rojo. España entera es un nido de prejuicios, uno de los pocos lugares en los que la bandera no representa a todos e incluso molesta a algunos. En cuanto al nombre de la nación, una considerable parte de la población no lo utiliza jamás.

Me refiero a los que, para no pronunciar la palabra España, suelen decir eso de “En este país”, que tanto molestaba a Mariano José de Larra. El escritor comentaba que siempre lo escuchaba en boca “de españoles, sobre todo, que no conocen más país que este mismo suyo, que tan injustamente dilaceran”. Sobre la superficialidad de la mitad de lo que repetimos, Larra afirmaba: “Cae una palabra de los labios de un perorador en un pequeño círculo, y un gran pueblo, ansioso de palabras, la recoge, la pasa de boca en boca, y con la rapidez del golpe eléctrico un crecido número de máquinas vivientes la repite y la consagra, las más veces sin entenderla”.

Desde el siglo XIX, poco ha cambiado la tendencia de España a autoflagelarse sin base ni reflexión. Y a señalar. Las dos etiquetas más utilizadas son esas correspondientes a las izquierdas y a las derechas. Éstas estaban semánticamente vacías desde tiempos inmemoriales porque nadie recordaba a ciencia cierta qué querían decir. En 1789, en la Asamblea de París, los partidarios de otorgar un derecho de veto amplio al rey se situaron a la derecha de la presidencia y los que se oponían a eso, a la izquierda. En el país de los tópicos, ni los conservadores saben que la definición de rojo es radical revolucionario, ni los rojos conocen realmente qué es un fascista.

Hace mucho que los ciudadanos de rojo ganaron la batalla de la imagen y, desde entonces, ser de izquierdas se considera poco menos que un galardón. En cuanto se dieron cuenta de que ser de derechas era despectivo para muchos, los de derechas buscaron una tercera opción: empezaron a decir sin rubor que realmente eran “de centro”. Los de izquierdas también se han ganado la fama de solidarios. Siempre reparten riqueza, pero suele tratarse de la que generan otros.

Cuando alguno de los de derechas da dinero al menesteroso, ellos dicen que eso no es solidaridad, sino caridad, y le adhieren a este sintagma una pátina religiosa despectiva. La caridad es una de las tres virtudes teologales. Además, caridad significa limosna o “Cosa que se da por amor de Dios para socorrer una necesidad”. El Creador sí forma parte del discurso político y eso no es nuevo. El teórico anarquista Piotr Kropotkin dijo: “La única iglesia que ilumina es la que arde” y esa frase aparece pintada, con cierta regularidad, en los templos cristianos. La frase “La única mezquita que ilumina es la que arde” no ha sido convertida en pintada jamás, hasta donde yo sé.

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