Decíamos ayer que, en lugar de intentar la convivencia, los españoles solemos reivindicar nuestra libertad a hacer lo que queremos e intentamos que los demás se adapten a ello, incluso por encima de norma jurídica restrictiva. Ahí van algunos supuestos concretos:

Ruido: la justificación nacional es “en mi casa, hago lo que me da la gana”. Es decir: que no se me da un ardite si el alboroto que allí organizo sale de mi vivienda y molesta a los habitantes de las colindantes. Todo el mundo sabe que aquí, si tienes un problema de ruido con un vecino, lo que debes hacer es cambiarte de vivienda. Hablamos a gritos, como si fuéramos sordos, y en el autobús entendemos que nuestras conversaciones son tan interesantes como para compartirlas con todos. Aunque versen sobre asuntos tan poco agradables como la halitosis de nuestra pareja. Todo son conversaciones de escucha colectiva, sin pudor.

Perros: cuando la ley dice “los perros, con correa”, nosotros entendemos “Los perros con correa, menos el mío, que es de confianza”. Nuestro can es especialmente simpático, lo queremos mucho y merece ir suelto. Si se aproxima a alguien a quien pueda molestar, sencillamente le decimos a ese ciudadano en voz alta “¡Pero si no hace nada”. Esta frase universal es poco tranquilizadora porque viene del dueño, lo que la hace parcial, y en ocasiones llega tarde. Gritamos que eso de que no hace nada cuando otro perro nuestro de 75 kilos llamado Brutus ya está llegando al hueso al morder la canilla del viandante. Pero siempre insistimos en que “no hace nada”. Cualquier cosa, menos atarlo. Cuando la exalcaldesa de Madrid decide que los perros pueden viajar en el último vagón del Metro, empezamos a meterlos en todos los vagones. Siempre se trata de elasticidad, de estirar la norma. Una ventaja muy poderosa de los perros de chalé adosado es la de ladrar durante veinticuatro horas al día. Ese agradable sonido lo pueden aprovechar los habitantes de los pseudochalés colindantes. Digo esto porque un chalé adosado no es un chalé sino un pseudochalé, una condena a la convivencia 24 horas, un abono para escuchar las ventosidades del vecino.

Doble fila: a todas horas y en todas partes. La frase nacional aquí es “Estoy trabajando”, que al parecer exonera de cumplir la norma. Esa es la excusa temática para aparcar donde nos sale de las narices, porque la excusa temporal es “Es un minuto”. La longitud de este minuto no depende del tiempo real que se prolongue la estancia en la plaza prohibida. La regla madrileña que determina si un coche se puede dejar en un lugar es la de la longitud: si cabe, se puede dejar. Igual da en mitad de un paso de cebra que sobre la lápida de mármol de una tumba, si se trata de un camposanto. Además, nosotros dejamos el automóvil exactamente en el lugar al que vamos, nada de cien metros más allá. Si se trata del río, lo estacionamos con las ruedas delanteras dentro del agua. Si hablamos de una catedral, lo aparcamos con el capó pegado al altar mayor.

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