La explosión generalizada de anglicismos que terminará por dejarnos sin vocabulario propio es cosa de ahora. Pero, como dijo el padre Feijoo, “Siempre la moda estuvo de moda”: las frases en inglés nos gustaron desde la noche de los tiempos porque nos resultan exóticas. Somos un pueblo que maneja mal la lengua de Shakespeare y creemos que incrustar sus vocablos en los nuestros  nos confiere importancia y elegancia. Una de nuestras frases en inglés más conocida es Spain is different, afirmación decididamente ambigua que unos interpretan como un elogio de los guiris hacia nosotros y otros leen como una crítica llena de sorna a lo especiales que somos. El ministro de Información y Turismo franquista Fraga Iribarne consiguió con ella darle un barniz exótico a nuestra cutrez. Con ella, cambió una referencia a lo malo o a lo subdesarrollado por un guiño a lo que molaba, al ADN español supuestamente sublime.

Cuando uno se molesta en preguntar a extranjeros sobre “Spain is different”, sobre si la frase es laudatoria o despectiva, termina llegando a algunas conclusiones sobre lo inequívocamente nuestro. Algunos, sencillamente, se contagian. En Madrid encontré a un yanqui que había encerrado con el coche a otro ciudadano a la salida del colegio y, encima, discutía con él en lugar de pedirle perdón. Repetía que solamente había tardado un minuto (contabilicé veinte), que le había dejado una nota y que eso le daba derecho a molestar. Se había contagiado tanto de españolidad, de necesidad de elasticidad de las normas, que protestaba cuando el molesto y antirreglamentario había sido él. Otros extranjeros nos ofrecen observaciones críticas sobre lo “different” que permiten llegar a la siguiente observación: los españoles no convivimos, sino que nos superponemos. Cuando coincidimos en un tiempo y un espacio, seguimos haciendo lo que nos da la gana porque entendemos que el derecho a la elasticidad individual se impone a la rigidez de las leyes. O, sencillamente, que estas son solamente para los demás. Ahí va la primera entrega sobre una batería de ejemplos que continuaremos mañana, siempre formulados en términos generales que admiten bastante excepción.

Puntualidad: el español entiende que la hora de entrada al trabajo es la hora de llegar quince o veinte minutos tarde al puesto, dejar las llaves del coche y “bajar” a desayunar. Es como si una Ley Orgánica prohibiera hacerlo en casa. En cuanto a la hora para las citas de ocio, es solamente orientativa. Nosotros salimos del hogar a la hora de la cita y, cuando descubrimos que no funciona el hiperespacio, es demasiado tarde para llegar puntuales.  Esto nos parece lo más natural del mundo. Si pasan veinte minutos y la otra persona se marcha, nos hacemos los sorprendidos. Entendemos que lo que confiere mala imagen no es ser impuntual, sino lo contrario: mostrarse demasiado rígido.

(Continuará mañana)

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