El concepto mismo de refrán es contradictorio en el sentido de que se nos presenta como expresión del llamado saber popular, algo etéreo que no se sabe muy bien lo que es. El sustantivo saber y el adjetivo popular tienen un mal encaje en la misma frase y, de hecho, generalmente constituyen un oxímoron. La experiencia nos dice que el saber constituye el ámbito del sabio, mientras lo que es patrimonio del pueblo es lo popular. Barbaridades muy extendidas del estilo de “Quien bien te quiere, te hará llorar”, tienen poco que ver con ningún saber científicamente entendido.

Lo más peligroso de los refranes es que todo el mundo los da por buenos sin cuestionarlos, como si vinieran avalados por una autoridad superior. Parecen defender con una frase pegadiza conclusiones apriorísticas que tampoco se pasan por ningún tamiz crítico. Todos parecen decir verdades, incluso cuando sabemos que algunas parejas de refranes se contradicen abiertamente. Por ejemplo, “Tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe” y “El que la sigue, la consigue”. O “A quien madruga, Dios le ayuda” y “No por mucho madrugar amanece más temprano”. O “El infierno está empedrado de buenas intenciones” y “La intención es lo que cuenta”. Si estas frases populares contradictorias son muestras de algún tipo de saber, desde luego lo son de un saber psicótico.

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