Después de vivir en España y de recibir un tiro en el pecho peleando en nuestra guerra, George Orwell se convenció de que la prensa de izquierdas también mentía. Pero siempre dijo que solo en España había contemplado el extremo de que se publicara “negro” cuando realmente había ocurrido “blanco”. Un adagio periodístico británico afirma que, para saber lo que ha pasado realmente, en Londres hay que leer todos los comentarios, pero en Madrid hay que leer todas las informaciones. 

Pocas cosas más terribles se podrían decir de nuestro periodismo. Seguramente, Orwell se convenció aquí de que la izquierda no era tan buena como parecía sobre el papel, pero no cayó en el error de empezar a pensar que los conservadores fueran mejores. Es muy común que los más grandes terminen quedándose sin colectivo, pues los conceptos de genialidad y alineación suelen ser difícilmente compatibles. En su libro Homenaje a Cataluña, Orwell nos dejó el regalo más valioso para España: el testimonio de un gran intelectual enamorado de nuestro país que se atrevía a criticarlo.

Algunos simulan ser idiotas por precaución. La novela de Robert Graves Yo, Claudio mostraba a un emperador romano que se fingía imbécil para que su entorno no lo asesinase. Seguro que esta actitud de precaución se ha repetido durante milenios y es inherente a la condición humana. En cuanto a la empresa, poner a un bobo a dirigirla significa, generalmente, la muerte de la creatividad dentro de la misma.

Este es un fenómeno global que nos ataca por ciclos pero, al mismo tiempo, indiscutiblemente hispano: no olvidemos el “que inventen ellos” de Miguel de Unamuno. Lo habitual en mi ámbito radiofónico es encontrar directores de programación cuyo primer mandamiento no es conseguir los mejores programas sino seguir siendo directores. Algunos ocultan sus mejores ideas porque están imbuidos del nocivo concepto de igualdad que impera aquí: el de igualdad de resultados forzada, no el de equiparación en oportunidades.

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