Protesta (Pixabay)

Cuando protestar se convierte en una ocupación de la que se puede vivir, olvidamos lo esencial: antes de quejarte de lo mal que lo han hecho los demás, debes estar orgulloso de lo bien que lo has hecho tú.. No basta con romper escaparates, como el cojo Manteca.

Año 2015. Las movilizaciones del movimiento 15-M son, para muchos, un soplo de aire fresco en un panorama político anquilosado por la corrupción, el conservadurismo sociológico y la continuidad. Pero un gigante llamado Marshall McLuhan dijo que la indignación moral es la estrategia tipo para dotar al idiota de dignidad. Todo termina en que nuestros indignados, con perdón por las excepciones, son tíos enfadados que no desean arremangarse, sino más bien que el resto de la gente arregle el mundo. La gente conservadora los llama perroflautas, voz muy humillante cargada de desprecio.

Mientras, por todas partes siguen brotando etiquetas. Apoyan a los cabreados unas organizaciones de privilegiados que viven gracias a las sinecuras legales de un sistema de castas: los sindicatos. En la calle, la voz sindicalista se convierte en sinónimo de privilegiado. La voz empresario era despectiva desde siempre, pues todos consideraban sospechoso generar riqueza en lugar de sentarse a repartir la que espontáneamente fuera germinando y brotando en la naturaleza.

Por eso, se forjó el eficaz eufemismo emprendedor, una especie de empresario que las pasa canutas y al que, seguramente por eso, los más vagos miran con desdén. Aquellas gentes sordas y ciegas que se escupían mutuamente los términos rojo y facha continuaron construyendo alegremente su disparate semántico de sospecha mutua y enfrentamiento. Levantando, ladrillo a ladrillo, la España sobre la que Bismarck había dicho: “Es el país más fuerte del mundo. Ellos mismos llevan siglos intentando destruirlo y no lo han conseguido”. Fachas y rojos siguieron escandalizándose con la corrupción del enemigo más que con la propia, preguntando antes quién era el que había hecho una maldad que cuál era el contenido de esta. En realidad, rojo y facha solamente eran términos excluyentes que significaban lo mismo: “El que no piensa como yo”.

(Continuará).

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