Pensadores (Pixabay)

Dolor de cabeza producen muchos de nuestros refranes que, junto a otros indudablemente juiciosos, están en el acervo popular para llenarlo de obviedades.  Incluso de sandeces. Reescrito el titular con la letra ce, el adagio que reza “Para gustos, colores” se limita a destacar la obviedad de que unos y otros presentamos diferentes afinidades y tendencias. Y lo malo es que lleva siglos dando vueltas por aquí.

Otra de sus formulaciones indica que “En cuestión de gustos, no hay nada escrito”, que vuelve a subrayar que distintas personas suelen mostrar distintas inclinaciones. Eso holgaba decirlo por evidente. Pero lo que ocurre además es que la segunda mitad de la frase no es cierta. Por fortuna, en este terreno del gusto hay muchísimo escrito. Hay libros y revistas con opiniones de todo pelaje.

Evidencias como que ni se puede ir a misa en chándal (algo precisamente muy del gusto de la chusma) ni son de recibo los pantalones piratas, de los que hablaremos en otra ocasión, en cuanto logre entender por qué se pone esa prenda la gente si se supone que no intenta parecer ridícula. El buen gusto dice también que no se debe escuchar voluntariamente reguetón y me da igual cuántos buenistas opinen que este estilo es comparable a la música de Brahms.

Otra cosa es oír reguetón inevitablemente en el autobús porque algún ciudadano sureño muy devoto de tan deliciosa música nos lo haya colocado como sonido ambiente y a todo cañón. Desde luego, desde que se inventaron los teléfonos móviles con altavoz incorporado escuchamos involuntariamente también conversaciones íntimas ajenas.

Las de esas personas que pagan una tarifa plana y luego creen que tienen que amortizarla hablando a gritos por la calle, voceando mientras caminan:

  • ¿Cómo estás?
  • ¡Bien, salvo por la gonorrea!
  • ¿Han vuelto los brotes?
  • Sí, ¡están muy guerreros!

En general, el desarrollo de la tecnología no parece correr parejo al de las buenas maneras. El mal gusto no acarrea consecuencias penales, pero evidentemente existe. No es lo mismo el que un bancario te atienda en camiseta de tirantes que el que lo haga ataviado con traje y corbata. Cuando eres una niña de ocho años, no es lo mismo hablar con tu compañera de clase de ballet si la boca le huele a mortadela rancia con aceitunas. Es preferible que la otra niña huela fragantemente.

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