Una tuitera se pone un poco agresiva y hago lo que acostumbro: bloquearla, pero sin decir una palabra, quejarme ni dar la nota. A los diez minutos, empieza a abordarme a través de otra cuenta para pedirme por favor que no la bloquee, porque cree que se ha pasado. El episodio no me llama mucho la atención hasta que me doy cuenta de lo importante que es para ella, una absoluta desconocida, seguir en contacto conmigo. Me pide muchas veces que desbloquee su cuenta principal. Vuelvo a no entender nada, pero después recuerdo que muchos dan los buenos días y las buenas noches, cada jornada, como si fuéramos su familia. Supongo que el mayor anhelo del internauta es una muestra de respaldo social que le haga sentirse importante. Casi todo el mundo anda enloquecido buscando que le den un me gusta sin importarle el origen de éste y hasta algunas empresas nos lo suplican cuando detectan que las seguimos. La opinión de la mayoría alienta la proliferación de monstruos y alimenta su crecimiento. Y tendemos a olvidar que esa opinión mayoritaria no tiene por qué ser la más acertada. Cuando un intenso publica un poema espantoso en Internet, puede ocurrir que catorce de sus dos mil seguidores digan que les ha encantado mientras mil novecientos ochenta y seis guardan un silencio prudente. El  intenso se pondrá a escribir la siguiente aberración literaria.

Sin palabras y a distancia, la gente se dice «Ojo, que te bloqueo». Algunos, incluso pretenden presumir de personajes que los han bloqueado. Pero, en realidad, nadie quiere que lo bloqueen en las redes. Bloquear en Twitter por diferencias ideológicas conduce al fracaso de comunicación que ahora contemplamos: dos enormes grupos de millones de tuiteros rojos y azules que solo hablan entre sí para insultarse. Eso convierte el ciberespacio en escenario del tradicional diálogo español de besugos. Más sensato parece bloquear como respuesta a mensajes indocumentados o que dan por ciertos hechos falsos, o bien a textos repletos de faltas de ortografía. Hay que hacerlo con cuidado, porque algunas personas que escriben mal porque no han podido estudiar pueden tener cosas interesantes que decir.

Particularmente interrumpo la relación cuando me envían mensajes poco inteligentes o rutinarios del estilo de ¡Otra vez lunes! o de Está la cosa muy malita. Una seguidora perspicaz pero llena de desidia me exigió que escribiera con menos palabras para que ella me entendiera, en lugar de consultar el diccionario e ir aprendiendo vocablos. También son motivos de ruptura toparme  con algún non sequitur o con que alguien me responde con algo distinto a lo planteado. Como cuando escribí que estaba harto de ver a los ciclistas circulando por las aceras de Madrid y un intelectual me respondió que peor era aparcar en doble fila. Lo bueno de la Red es que despedirse del interlocutor es tan sencillo como apretar un botón. Lo malo es que la gente no se limita a apartarse con una sonrisa de alguien poco afín cuando la bloquean, sino que interpreta tragedias terribles. Los que peor lo llevan cobran venganza atacando al interlocutor a través de una segunda cuenta, o incluso publican a los cuatro vientos que están orgullosos de que fulanito los haya bloqueado. Puede que la clave de esta actitud esté en la confusión nefasta entre los términos seguidor y amigo. Muchos han entendido que pueden tener seis mil amigos en esta vida, incluso aunque no los hayan visto nunca. Por eso, encajan muy mal el abandono de alguno: porque lo sobrevaloran.

Por lo demás, Twitter es el lugar donde más gente preparada e ingeniosa he visto jamás. Somos un pueblo con un rutilante sentido del humor. La prueba es que, tres horas después de que un famoso se haya roto un tobillo, hay circulando a través de Whatsapp dos o tres bromas españolas sobre el asunto. Algunas, realmente chispeantes. Intuyo que sus autores las fabrican normalmente en el trabajo, pero sigo mirando a esa gente brillante con admiración.

Más vida en Twitter: @rafaelcerro

Más información en www.eldiestro.es

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