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A la locutora ni siquiera le preocupa que una parte de la audiencia se ría al escuchar las tonterías que dice. Si quieres tener buena imagen como periodista en tu empresa políticamente correcta, sencillamente debes parecer manipulable. Incluso, en el colmo de la sumisión a lo correcto, debes preguntar: “¿Cómo queréis que lo diga?”. Las personas grises no tratan de acertar: intentan no discrepar. No quedar fuera de la alineación oficial, del poder en general, de lo políticamente correcto en particular.

La política es el menos competitivo de todos los escenarios a pesar de la pantomima electoral con listas cerradas. Todos unidos para pensar lo mismo. Cuando nace una línea de pensamiento monstruosa o violenta, la falta de valor de la mayoría permite que crezca. A lo largo de la historia del hombre, el silencio ominoso de los buenos ha hecho más daño que la actitud de los malvados, como destacó Gandhi.

En cuanto al sistema de prensa de redactores complacientes, está claro que terminará costándole carísimo a la democracia. Como pensaba el maestro de periodistas Ben Bradlee, el trabajo del plumilla no consiste en serle simpático a nadie. En realidad, consiste en lo contrario. Quién sabe si un día llegaremos al militantes y *militantas, o incluso al *camarados y camaradas. La estupidez es confortable, porque a menudo nos guarece con el calorcito de una nómina y nos evita problemas.

El más crítico suele ser también el más atormentado. Atormentado realmente es una posible definición de intelectual, esa especie tan poco común aquí. Desde que la corrección política se impuso, algunos ayuntamientos españoles pegaron carteles con el anuncio de “carreras no competitivas”. La expresión es una idiotez de libro y también un oxímoron flagrante: resulta evidente que las carreras son para pugnar por la victoria, pero la imbecilidad se ha apoderado con especial denuedo de casi todo lo relativo a las comunicaciones.

Especialmente, de las comunicaciones oficiales, siempre tan cortesanas como vacías. Para nuestras numerosas Administraciones Públicas, la idea es siempre la citada: no competir. A toda costa. No hay idea catártica de la lucha ni visión de una carrera como proceso de selección. Tras este pensamiento subyace la siguiente idea maligna de lo políticamente correcto, disfrazada como siempre de pensamiento filantrópico: la igualdad está por encima de cualquier otra consideración, incluso la impuesta por la fuerza.

Pero en el límite, forzar la igualdad de resultados exigiría lastrar a los más dotados. No solamente dificultar el camino a los capaces, como ellos pretenden, sino anular también a los que más se esfuerzan. Ambos grupos humanos suelen coincidir. Einstein decía que el genio se hacía con un uno por ciento de talento y con un noventa y nueve por ciento de esfuerzo.

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