El peor error posible en la lucha contra la corrección política es considerarla inocente, creer que solamente es una manera ridícula de hablar. Que algo mueva a la risa, o tenga aspecto grotesco como lo de los miembros y las miembras, no quiere decir que sea inocuo. La corrección política es un plan deliberado para obligarnos a todos a cambiar de manera de hablar para que después modifiquemos nuestra forma de pensar.

La idea es que toda la población termine diciendo “compañeros y compañeras” a la fuerza, incluso sabiendo innecesaria esa duplicidad de términos, imponer el yugo de su pensamiento único. La corrección política nunca es sincera: miente fingiendo solidaridad, capta así el voto popular y es un negocio multimillonario que, por el camino, genera toneladas de estupidez intencionada. Millones de hablantes fingen ser idiotas por miedo a salirse de la línea de pensamiento oficial. Enarbolan actitudes que saben absurdas pero convenientes.

Como en el cuento de Andersen El traje nuevo del emperador, en el que este decía vestir riquísimas telas pero realmente aparecía en público desnudo. Hasta que un niño replicó, nadie se había atrevido a decirle que estaba haciendo el ridículo. El mensaje del cuentista danés era que la gente estaba dispuesta a negar la evidencia para salvar el pellejo. El caso es muy similar al de ahora, en el que los correctos nos advierten que “Si dices solo que para tu obra necesitas carpinteros, las chicas carpinteras podrían ofenderse”. 

En este estado de cosas, nada es decente ni inocente. Todo es mucho más peligroso de lo que parece. El político que va eliminando o deformando algunas de nuestras palabras sabe que el lenguaje sirve para pensar. Su idea para con el ciudadano medio es «si ahora te prohíbo decirlo, finalmente no podrás pensarlo”. Algunos han llevado hasta el límite esta imbecilidad peligrosa.  Por ejemplo, una reportera de plantilla de una radio autonómica de Madrid enviada a cubrir una noticia en un centro canino.

Una chica a la que llamaremos pudorosamente G. En 2017, G. llegó en su corrección política a intentar no ofender la sensibilidad de las perras diciendo desde ese centro: “Aquí se atiende a los perros y a las perras”. Su alusión inclusiva a los perros y las perras, que parece no querer ofender a estas, resulta grotesca, pero en esencia no es muy diferente al “alumnos y alumnas” de algunos colegios e institutos. O al “compañeros y compañeras” del omnipresente, perenne y aburridísimo discurso socialista oficial. El giro cumple con la obligación políticamente correcta de nombrar explícitamente a todo el mundo, aunque semánticamente eso no sea necesario: el uso formal y académico del masculino cubre esa función vocativa. Hasta resulta posible que las perras no se ofendan si oyen que las denominan con el genérico.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here