Para la absurda idea de la carrera no competitiva teníamos palabras correctas, como desfile o parada, que el DRAE define también como “Sitio o lugar donde se recogen o juntan las reses”. La utilización propagandística del concepto de la carrera en la que nadie corre demasiado indica que el lenguaje político ya no significa nada. Lo próximo puede ser que Valencia publicite un “Desfile de fórmula 1”.

El gestor puede decir cualquier cosa contraria a la lógica, siempre que suene bien. Muerta la esencia del mensaje, viva la demagogia del simple sonido de las palabras eufónicas. La fonética importa más que la semántica. En el discurso escrito, ya ni la forma es relevante. La ortografía agoniza. Las personas menos preparadas exigen en Twitter que dejemos de molestarles exigiéndosela.

El culpable de lo que han escrito siempre ha sido “el corrector”. Algunos exculpan las barbaridades que otros han escrito argumentando que la b y la v están muy cerca en el teclado. Hace pocas décadas, una ortografía limpia era necesaria para aprobar la educación básica, pero ahora la inmensa mayoría no sabe escribir con corrección. Los españoles somos un pueblo que sabe describir oralmente lo que ha visto durante una jornada, pero no escribirlo en su lengua materna.

Ni, por supuesto, en ninguna otra. La mismísima transmisión de conocimiento está en peligro. El lenguaje político está tan vacío que los discursos ya no presentan un alto porcentaje de hojarasca como los de hace algunos años, sino que se componen casi exclusivamente de ella. Uno puede estar media hora hablando y simular que dice algo combinando palabras de uno de esos recuadros léxicos vacíos que se componen de “implementar”, “postureo”, “en las actuales circunstancias” y poco más.

El lenguaje de la política es puro oropel en el siglo XXI. Hoy, a nadie se le ocurriría exigirle una oratoria brillante a un parlamentario profesional que ni siquiera sabe quién era Emilio Castelar. El límite de la degeneración intencionada del lenguaje político está en el vaciado de significado de algunas palabras, que se convierten en meros cascarones sin semántica. Hay vocablos mitineros como “prometer” que casi han dejado de serlo, porque ya no albergan significado alguno.

Hoy sabemos que el que alguien prometa algo en la retórica parlamentaria no lo compromete realmente a nada. Distintos políticos se refieren a la misma cosa con diferentes voces, por ejemplo cuando uno está en el poder y el otro, en la oposición. El despectivo “recortes” quiere decir lo mismo que el laudatorio “política de ahorro”, por ejemplo. Ambas expresiones parecen decir lo contrario, pero se refieren a lo mismo. Los periodistas no cuestionan nada cuando las escuchan: se limitan a repetir la expresión que el político de turno ha pronunciado.

El drama está en que redactarán utilizando una fórmula o la otra, sencillamente, según quién haya hablado. Cuando hay que decrementar los gastos, el político en el poder hablará de “ahorro” y su opositor, de recorte. La imagen de unas tijeras gigantescas recortando el bienestar es terrible. Pero, si unas elecciones hacen que ambos intercambien sus confortables y bien remunerados sillones, ellos también intercambiarán sus discursos.

El primero denunciará recortes y el segundo, ahora en el mando, anunciará una sana política de ahorro. Esto resulta jocoso si hablamos de la palabra cambio, un soniquete que ya no significa nada. El partido que más dice “cambio” es el PSOE, precisamente el que más años ha pasado en el poder y más cosas habría podido modificar.

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