• 30 septiembre, 2022 12:15 am

En las últimas semanas hemos visto, por los medios de comunicación europeos, escenas dramáticas, algunas innecesariamente sensacionalistas, de la guerra que tiene lugar entre la OTAN y Rusia. Del mismo modo que no nos enseñan las imágenes de los ataques de la coalición de EEUU-Arabia Saudí a los yemeníes (siendo esta la guerra más silenciada del último siglo), o de Israel a los palestinos, podemos deducir que sin duda recibimos una información sesgada y seleccionada, intercalada con noticias falsas como parte del mecanismo de manipulación de la opinión pública: es así que hay ciudadanos que desde la solidaridad cogen su coche para ir a Ucrania y traer a familias refugiadas ucranianas mientras miran para otro lado cuando las autoridades españolas golpean, detienen y deportan ilegalmente a los refugiados africanos de las guerras de EEUU y sus socios que intentan entrar en España, tras pasar años de calvario en el camino de la huida del infierno.

La única verdad absoluta y el denominador común de todas estas situaciones es el indecible sufrimiento de los civiles en los conflictos armados y la irreparable destrucción que dejan a su paso.

En este contexto, la imagen que reflejaban los medios de masas de la mujer ucraniana, hasta hace unas semanas, estaba enfocada en dos puntos:

1) Ofrecer a los hombres fracasados la posibilidad de poner en su vida una belleza ucraniana de la clase trabajadora que buscaba una oportunidad en la emigración para progresar, a cambio de pagar miles de euros o dólares a las agencias de citas, nombre «ético» de las mafias de trata de personas.

2) Diseccionar el cuerpo de las eslavas más pobres, alquilando sus «úteros» a los ricos sin escrúpulo del mundo que no habían podido tener hijos y así podrían disponer de un bebé a la carta. ¿Fue Descartes quien pensó que la mente y el cuerpo, en este caso de las mujeres, eran entidades separadas? ¿Por qué secuestrar un recién nacido en México o en Bolivia si con esta fórmula legal se puede quedar impune cometiendo el mismo delito?

Este crimen organizado, protegido por el gobierno capitalista, profundamente corrupto y machista de Kiev (que ha consolidado los estereotipos más rancios de género),ha conseguido convertir a Ucrania en la «fábrica de bebés del mundo». La imagen de decenas de recién nacidos apilados en un hotel de Kiev, que no podían ser recogidos por sus compradores debido al cierre de las fronteras por la pandemia, conmovió el mundo: estaban allí tirados, privados del tacto humano, de oír una nana para dormir.

Aunque el propósito del propietario de estos bebés, la clínica reproductiva Biotexcom (que en su publicidad habla de los bebés como un «producto de alta calidad»), fue presionar a otros estados para que autorizasen el viaje de sus clientes para recoger a los pequeños, también pretendía demostrar al mundo lo «bien cuidados» que estaban, y sin querer dio pistas sobre la punta de iceberg de lo más aberrante que ha llegado a hacer el ser humano: tráfico industrial de recién nacidos. No nos iban a enseñar las clínicas y las granjas de bebés que funcionan no solo en el país sino también en extranjero: concretamente, en la República Turca del Norte de Chipre, donde estos laboratorios pueden saltar las dos prohibiciones imperantes en Ucrania: dar bebés a las personas homosexuales, y dejar que los demandantes eligiesen su sexo.

Ahora, visualicen cómo lo que hacen: trasladan a las madres gestantes a este país (y poco importa que el personal solo hable turco), luego las devuelven a Ucrania para después de nueves meses obligarlas a hacer el mismo viaje para dar a luz en Chipre, entregar sus bebés a unos extraños y volver enseguida a su país: que sufra una hemorragia, o una depresión posparto, sentimientos de culpa o que los vecinos le llamen «prostituta» y «vende- bebés», no es asunto de estos «empresarios», ni de sus clientes. El caso de una pareja italiana que en 2011 salió de Ucrania con un niño sin ningún vínculo genético con ellos revela el tráfico de la cría humana nacida de experimentos que dan lugar a embarazos múltiples, y también la altura moral y la clase de «padres» pagadores, que se niegan a quedarse con el gemelo de su «hijo» al no estar en sus planes.

El «turismo de fertilidad», legal en Ucrania desde 2002, tuvo su auge en 2015 cuando India y Tailandia prohibieron esta práctica para los traficantes extranjeros de bebés. Ahora hay alrededor de 60 clínicas de fertilidad en el país, que han vendido un promedio de 2.500 niños al año y a un precios tirado (unos 10.000 dólares en comparación con los casi 40.000 que habría que desembolsar en EEUU), en parte porque «dos tercios del mercado de subrogación en Ucrania es ilegal«, señala el jurista ucraniano Sergi Antonov.

De esta cantidad, la madre gestante recibirá un promedio del 20% y eso solo en caso de que consiga dar a luz un bebé perfecto, que lo hará casi siempre por cesárea, para que los contratantes extranjeros puedan asistir. Mientras, muchas de ellas, estarán confinadas durante un año en pisos dirigidos con disciplina militar, en los que a veces obligan a dos embarazadas compartir una misma cama (en cumplimiento del lema del capitalismo: minimizar los costes para maximizar los beneficios), y les multan por infringir las normas establecidas para cuidar al feto-mercancía. ¿Quién dijo que ellas se someten a tal barbarie, lo hacen desde la «libertad y el derecho que tienen sobre su cuerpo»? Ellas son como Fantine, el personaje de Los Miserables, forzada a prostituirse, vender su pelo y hasta sus dientes para dar de comer a su hija Cosette. La pobreza es incompatible con la libertad.

Si durante el embarazo, el feto presenta malformaciones o los clientes deciden que ya no lo quieren, ellas deben abortar, y si se niega tendrá que devolver el dinero. En caso de que estos bebés lleguen a nacer, el cliente tiene derecho a devolver el producto «defectuoso», quien acabará en uno de los orfanatos ucranianos que ya acoge a cerca de 100.000 pequeños. Ni siquiera entonces, las gestantes pueden quedárselos: no tiene ningún derecho sobre ellos, aunque llevan su sangre: pues, el intercambio de células entre una mujer embarazada y el feto es un hecho.

Y ahora a matar y morir. ¿Para qué?

Es justamente este trasfondo, de ser considerada mujer-esposa-incubadora, que explica otras dos acciones del gobierno de Kiev durante estos días de la guerra:

1. Organizar la salida de cerca de millón y medio de mujeres y niños de las ciudades bajo el ataque de Rusia y del ejército ucraniano –algo inaudito en otros conflictos bélicos-, se basa en la idea de que la guerra, al igual que la política, es cosa de hombres, mientras las mujeres deben cuidar de los hijos. Durante la guerra civil española, algunas de las mujeres republicanas enviaron a sus hijos a la Unión Soviética para salvarlos, pero ellas permanecieron en el país para luchar contra el fascismo.

2. Entrenar militarmente a aquellas mujeres que han decidido quedarse para defender «su patria». ¿Tienen patria los desposeídos y los despojados de todos los recursos robados por la «élite compatriota»? Convertir a las mujeres en nueva carne de cañón de los intereses infames de la industria militar mundial y las entidades más belicistas, y la apología de la guerra «de las mujeres bellas y valientes», por la prensa es una manifestación de la incapacidad de las fuerzas antimilitaristas de impedir el envío de los hombres a las guerras. Obviamente, estos medios no animan a las mujeres yemeníes a que se convirtiesen en partisanas para derrotar a la coalición dirigida por EEUU-Arabia Saudí que desde 2015 está bombardeando esta tierra, matando a cientos de miles de civiles. Y son los mismos que llaman «terroristas» a las guerrilleras palestinas que con las manos vacías combaten al poderoso ejército de ocupación israelí, que desde hace décadas masacra con total impunidad a los civiles palestinos.

Así las ucranianas perdieron sus derechos

En 1992, con el fin del socialismo en la Unión Soviética y el regreso al capitalismo más despiadado, las mujeres de todas sus republicas, incluida Ucrania, fueron despojadas de gran parte de los derechos habían conseguido por primera vez en la historia:

–  Aleksandra Kollontai fue la primera mujer ministra, que además se hizo cargo en 1918 de la cartera de Bienestar Social, para redistribuir las riquezas del país. Declaró  gratuitas y universales la enseñanza y la sanidad.

– Se ofreció a las madres trabajadoras disfrutar de dieciséis semanas de permiso remunerado para el cuidado de los hijos, de un seguro de maternidad, y salas de lactancia en las fábricas.

– Se levantaron todas las restricciones a la libertad del movimiento de la mujer, que legalmente podrían también disfrutar de ayudas económicas inscribiéndose como «cabeza de la familia».

– Se levantó la obligatoriedad de registrar el matrimonio, y se elimina el concepto de «hijos ilegítimos».

– Se consideró la prostitución como la «degradación extrema de la mujer en interés de los hombres que pueden pagarla» en definición de Trotsky, y se persiguió al proxeneta. Paralelamente, se trabajó para eliminar sus causas, a la vez que se ofrecía formación profesional, empleo y un techo a  las mujeres prostituidas.

– Se redujo el poder de la iglesia, y el contrato matrimonial pudo romperse incluso sin el consentimiento de la otra pareja; se introdujo el concepto de «bienes gananciales» (inexistente en las religiones abrahámicas que han sido y son el marco del derecho de la mujer en numerosos países): ellas tendrán derecho sobre la fortuna generada durante el matrimonio.

– Se estableció la jornada laboral de 8 horas, y se prohibió el trabajo nocturno para las mujeres embarazadas.

Décadas después, aquel país subdesarrollado se había convertido en una gran potencia gracias a los derechos que gozaron ellas y las obligaciones que cumplieron para con su sociedad. Por ello, durante la II Guerra Mundial, millones de mujeres soviéticas defendieron con su vida la «patria». Se destacan en esta tarea las 115 pilotas (entre ellas también ucranianas), apodadas por los nazis Nachthexen «Las brujas de la noche«, quienes aterrorizaron con sus ataques a las tropas del Tercer Reich.

En la Ucrania independizada en 1992, lo primero que hicieron sus gestores capitalistas fue la «descomunización», sinónimo de masivas privatizaciones de los medios de producción, de los recursos, y los servicios, condenando a la mayoría de la población al desempleo, hambre y desesperación, preparando el país para convertirse en la «Tailandia de Europa», donde la edad de algunos menores (niñas y niños) explotados sexualmente en los espacios turísticos del país, como el Mar Negro u Odesa, llega a ser 11 años. En 2013, unos 20 millones de turistas visitaron Ucrania, muchos por motivos perversos.

Esta joya agrícola e industrial de la URSS, que es el país más grande de Europa, se ha convertido en uno de los más saqueados y socialmente desiguales: Es la mayor cantera de la trata laboral de hombres y de mujeres de la Europa Oriental, traficados a todo el mundo. Pues, el sistema permite que un tal Rinat Akhmetov amasara una fortuna de 7.5 mil millones dólares, mientras el sueldo medio es de 300 euros, con un poder adquisitivo varias veces menor que en Polonia. El PIB per cápita del país eslavo en 2019 era de 12.810 dólares, por debajo de los 19.149 de Bielorrusia, y años luz de los 53.815 de Alemania. Bajo el pretexto de la «guerra con Rusia», desde 2014 el régimen ha ido recortando los presupuestos destinados a la atención a los más desfavorecidos

Según los datos de 2021, las mujeres constituyen el 47,4% de la fuerza laboral ucraniana, el 60% de los titulados universitarios y el 80% de los desempleados. En este granero del mundo, el nivel del salario de mujeres en la agricultura es más bajo que en otros sectores. La pobreza es feminizada: millones de mujeres trabajan sin contrato, por lo que de ancianas tampoco reciben una pensión (que era garantizada en la era soviética). En 2017, Ucrania ocupó el puesto 74 entre 189 países en el Índice de Desigualdad de Género.

En el Consejo Supremo de la República Socialista Soviética de Ucrania, en el último año de su existencia, había un 30% de mujeres. Tras la independencia, las ucranianas ocuparon solo el 3% de los asientos del Parlamento, cifra que en 2019 ascendió al 20,52%, que comparando con Ruanda (61,3%), Cuba (53,4%) o Bolivia (46,2%) muestra hasta qué punto las conquistas de una nación son reversibles. El grupo feminista «La Barbe» que usa barba en sus acciones, denuncia la masculinización del poder. El Gobierno de Mykola Azarov(2010) afirmó que el motivo de no incluir a ninguna mujer en su gabinete era que «los trabajos a realizar no entran dentro de las competencias de las mujeres«. Muchas de las organizaciones de mujeres son antifeministas y promueven los valores familiares tradicionales, fenómeno consolidado con el auge del fundamentalismo religioso (que políticamente representa a la extrema derecha), enemigos jurados de los derechos de la mujer.

Entre las primeras consecuencias de esta guerra que empezó en 2014, al igual que las que están transcurriendo en Yemen, Libia, Siria, Irak o Afganistán, se presentan un mayor empobrecimiento de las mujeres y sus hijos, y más prosperidad para las organizaciones de crimen organizado dedicadas a explotar el cuerpo de mujeres y niños de la clase trabajadora, personas desechables, que fácilmente pueden ser sustituidas por otras en otras guerras. La presencia militar de cerca de medio millón de soldados de la OTAN y/o de EEUU en Oriente Próximo confirmó los nexos existentes entre ambos hechos fusionados en el fenómeno llamado la «militarización de la prostitución«.

La guerra, tanto las que salen en las televisiones como las que son ocultadas, es la suma de todas las desgracias y violencias que el ser humano puede sufrir. La ausencia de un movimiento antimilitarista a nivel mundial es simplemente inquietante.

Guerra no, bajo ningún concepto y ninguna bandera.

Fuente: Público

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