Decíamos ayer que la estupidez es fascinante por ilimitada, mientras la inteligencia siempre se agota en algún punto

La certeza de que, en la cercanía, un tonto es más peligroso que un malvado arranca de la convicción de que el primero es imprevisible y puede generar cualquier catástrofe. Jules Renard creía que la expresión “estupidez humana” era redundante porque los únicos estúpidos somos los hombres. Por otra parte, la estupidez puede ser brillante. Una señora borracha que conocí en una comida familiar decía que no entendía cómo se mareaba con el vino si lo había rebajado con La Casera. Mi tío Jesús se hartó y le contestó: “Claro, se ha tragado usted cuatro litros de gaseosa, pero también dos de tintorro. La gaseosa es un aditivo, pero no es un antídoto».

Nunca olvide la siguiente ley: Toda persona que desee considerarse realmente estúpida deberá citarse a sí misma alguna vez. En lugar de invocar a Óscar Wilde, Chesterton o Einstein, el tipo en cuestión pronunciará la frase “como yo digo” para, inmediatamente, regurgitar una sandez. En otras ocasiones, el sujeto emite una imbecilidad que forma parte del imaginario colectivo: “Como yo digo, en cuestión de gustos no hay nada escrito”. En primer lugar, este pensamiento realmente no es del hablante que se lo atribuye.

En segundo lugar, la idea es completamente absurda: por todas partes hay literatura sobre los diferentes pareceres y paladares y claro que se puede opinar sobre diferencia de gustos. Las publicaciones sobre enología, literatura, pruebas de coches o cinematografía versan precisamente sobre diferencias entre inclinaciones o gustos en cada arte o área de consumo. Con las tendencias y con la educación pasa algo similar: hay mucho escrito.

Lo más sólido escrito sobre educación es que, en España, esta no nos importa un ardite. En cuanto a las tendencias, todo es discutible: desde que los zapatos negros se complementan con calcetines del mismo color hasta que los varones les abren la puerta a las señoras. Bien entendido que no existe un absoluto ni en el tiempo ni en el espacio y que el discurso dominante cambia. Por ejemplo, los calcetines blancos sí están de moda en algunos lugares del Este de Europa.

En cuanto a la moda lingüística, esta parece caracterizarse porque la gente siempre termina repitiendo lo que oye, emulando a quienes le parecen interesantes y hablando de la manera que exija un menor desgaste intelectual. Esto convierte nuestra vida social en un puro deleite, en una ceremonia prácticamente continua de escucha de absolutas sandeces. Me refiero a todas esas cosas que repetimos sin saber por qué, como “Soy amigo de mis amigos”. Eso es magnífico, resulta como decir que soy cuñado de mis cuñados:

imprescindible. Una vez que sé que mi interlocutor es amigo de sus amigos y no de sus enemigos, de su proctólogo ni de su charcutero, tanto la conversación como mi propia vida siguen adelante bañadas en la luz del conocimiento.

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