Quienes dicen “compañeros y compañeras” no están cometiendo un error: saben que con el masculino basta, están intentando manipularnos y están obligándonos a hablar como ellos. En efecto, tratan de forzarnos a hablar de determinada manera para que pensemos de determinada forma.

Nuestra lengua evoluciona, en ocasiones, perdiendo la inteligibilidad. Como cuando, en lugar de tonto, decimos políticamente correcto o buenista. Cuando el buenista es extremo, lo llamamos angelista. La tontería, llevada al límite en el escenario de los medios y las redes, genera curiosos híbridos. En España tenemos feministas propalestinos, progresistas enamorados de Corea del Norte y lehendakaris que dicen “vascos y vascas”.

También brotan por todas partes maestros que escriben niñ@s, a pesar de que la arroba no es una letra, intelectuales gafapastas engolados y peatones que, cuando preguntas dónde está determinada calle y lo ignoran, te envían a Shanghai para ser corteses en lugar de responder que no lo saben. Si nombras presidente del Gobierno a un estúpido sin retorno, él subvenciona a los gais y lesbianas de Zimbabue; dice delante de todo el planeta que La Tierra no es de nadie, salvo del viento, y encima plagiando la frase; y destruye el país en menos de ocho años.

No hace falta plantar tontos, porque germinan solos, sin semilla y sin abono. De la nada brotan contertulios que niegan que la deuda externa sea un problema porque basta con no pagarla, como si adquirir fama de moroso no fuera un problema para un país, igual que para un individuo. La única posibilidad de que no te perjudique no pagar una deuda es que estés seguro de que nunca más vas a necesitar pedir dinero.

Si continuamos con la búsqueda de sandios, aparecen hasta presidentes voluntarios de comunidades de vecinos. Profesionalmente, el tonto puede rayar a muy diferentes alturas, pero en España la más común es la de secretario de Estado. Ya cuando príncipe, muchos creían cornudo al futuro Carlos IV porque su esposa, María Luisa de Parma, tenía fama de mujer muy acogedora para con los varones de la órbita extramarital. El todavía monarca Carlos III y él mantuvieron en una ocasión este diálogo:

-Carlos IV: “Padre: tú, como rey, y yo, que lo seré, tenemos una gran suerte: nuestras mujeres no podrán engañarnos nunca”.

-Carlos III: “¿Cómo puede ser eso?”.

-Carlos IV: “Padre, es imposible. Estamos en lo más alto. No hay nadie por encima de nosotros con quien puedan hacerlo”.

Carlos III sonrió amargamente.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here