El que la gente cambie su modo de hablar por ideología no me asusta por capricho: el que fuerza un habla incorrecta también termina pensando incorrectamente. La ideología es lo que ocupa en nuestros cerebros el espacio que antes dedicábamos a la inteligencia y al conocimiento no condicionado. Repito que quien controla nuestra manera de hablar termina controlando también nuestra forma de pensar.

Y la idiotez se extiende a la velocidad a la que arde la yesca. Ya tenemos incluso tontos especializados. En la carretera, llamamos tonto de ángulo muerto al que nunca termina de adelantar: coloca su automóvil durante kilómetros donde no se le ve y genera riesgo de colisión. El tonto suicida es el peatón que, en cuanto engranamos la marcha atrás, se sitúa detrás de nuestro automóvil. El tonto de intermitente es el que conecta estos en Segovia, pero luego no los desactiva hasta Novosibirsk. El tonto de aparcamiento pasa veinte minutos buscando un hueco en el primer subterráneo mientras el hombre cabal desciende en un minuto hasta el tercero, que suele estar vacío. El tonto de automóvil, así, en genérico, entiende que tiene que llevar el coche exactamente al lugar al que va. Si va a misa, quiere subir el auto al altar y, si va al río, mete en el agua el tren delantero.

Hablando del aparcamiento, alguien los diseña de forma que la expendedora de tiques queda demasiado lejos de la ventanilla. Dicen que Pau Gasol pidió ayuda una vez porque no llegaba a coger su billete con su envergadura de dos metros veintiséis centímetros. En cuanto al cine, en invierno calientan las salas a veinticinco grados centígrados y no se está mal, pero en verano las refrigeran a diecisiete grados y tenemos que ir a ver la película enfundados en el traje de neopreno grueso que compramos para bucear en Alaska durante el mes de enero.

No hay más tontos en política, la singularidad del ramo estriba en que allí el imbécil está subvencionado. Por eso decimos: “Más tonto, más lejos”. Porque, en ese escenario, la sandez se ha convertido en una herramienta: concejales que dicen “compañeros y compañeras”, parlamentarios que no han estudiado oratoria y encadenan anacolutos desde la tribuna, presidentes que entienden que el besamanos es una orgía narcisista de ósculos a uno mismo, que los besos se le dispensan siempre al más guapo. Y gentes que han hecho de la estupidez un arte muy lucrativo.

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