La masa suele desconfiar de la brillantez y el sistema llamado sufragio universal elige infradotados para representarla sin excitar su suspicacia. El sistema político determina que, casi invariablemente, a la cúspide de cada partido lleguen siempre individuos muy poco inteligentes que, a cambio, dominan muy bien las relaciones necesarias para enamorar a un colectivo y ser apoyados por muchos. Quiero decir trepas. Desde luego, el mismo sistema garantiza que ningún individuo ético pueda llegar a presidente.

Para empezar, los que militan en algún partido suelen encontrar por el camino irregularidades en la financiación y saben que, si no miran hacia otro lado, están muertos. Mientras el inteligente levanta suspicacias, el político idiota atrae apoyos como el imán captura las limaduras de hierro. Así que Darwin ha muerto y España elige representantes en el famoso borde límite inferior. Es la ineptocracia, que consiste en que los menos preparados sitúan en el poder a personas que no poseen la inteligencia necesaria para gobernar satisfactoriamente. A cambio, los nuevos gobernantes premian después a esas personas con riqueza y trabajo sin esfuerzo. Un suicidio colectivo porque, después, nada es rentable y cada vez se produce menos. Ahora somos líderes mundiales en el empleo del concepto. Más tonto, más lejos.

La estupidez es universal, no se limita al Palacio de la Moncloa. Nuestra vecina, cuando ve a mi hija adolescente a las ocho menos cinco de la mañana con el uniforme escolar y la mochila, le pregunta siempre: “Hija, ¿adónde vas?”. La criatura dice que le dan ganas de contestar: “Pues voy a ver a mi camello, señora, adónde voy a ir con todos estos libros”. Tenemos otra vecina que está sincronizada conmigo. Solo abre su puerta cuando oye que yo abro la mía, y mientras cotillea parece un reloj de cuco sacando la cabecita a través del vano.

Pero sigamos con los genios: uno anónimo decidió que, durante décadas, Correos repartiera exactamente cuando no estamos en casa: por las mañanas. Hay fatuos que van al híper con una camiseta abierta por los lados para que sea patente que pasan la jornada en el gimnasio. En diciembre, estos superdotados terminan haciendo la compra con los sobacos escarchados y los brazos en riesgo de gangrena. 

Pero el récord de agudeza en la piel de toro quizá lo tengan esos albañiles que, encaramados en el andamiaje, les dicen barbaridades a las chicas. Llevan milenios haciéndolo y ni uno solo ha conseguido ligar con una, pero estos albañiles continúan empleando siempre la misma astuta estrategia. O les dicen a las paseantes: “Ven con papá”, algo que tampoco funciona. No debe de ser muy agradable ser mujer y oír que un individuo que intenta aparearse contigo se presenta de una manera tan inconveniente. 

(Continuará).

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