«Asesina». «Secuestradora». «Fanática». «Bruja del diablo». «Falsificadora». «Sádica». «Corruptora de menores». «Pederasta». «Un monstruo».

Son muchas las palabras que pueden definir el horror. Incontables los recursos que nos ofrece el lenguaje para dotar al Mal de una forma reconocible. Y todos los que se apuntan arriba se han utilizado alguna vez para describir a Enriqueta Martí Ripoll (Sant Feliu de Llobregat, 1868-1913), protagonista de una leyenda negra de la Barcelona de principios del siglo pasado que ha resistido intacta con el paso de las generaciones. A Enriqueta se le atribuye el secuestro, el asesinato y el descuartizamiento de varias decenas de niños durante una época en la que a las ciudades todavía se las fotografiaba en blanco y negro; y su historia, que ha perdurado por el morbo que suscita, pero también por el misterio que contiene, sigue alimentando nuevas representaciones literarias, teatrales o cinematográficas, como la película La vampira de Barcelona de Lluís Danés, estrenada recientemente y galardonada con el Gran Premio del Público en el último Festival de Sitges.

«Fornicadora». «Neurótica». «Hija de Satanás». «Mendiga». «Hechicera del mal». «Puta». «Mala dona».

El goteo es incesante. Múltiples agravios que esculpen el personaje y conforman el mito sanguinario. Porque, más allá de que la mayoría de los hechos de los que se le acusa y por los que se le recuerda nunca fueron probados, o de las dudas que existen acerca de las investigaciones que se hicieron en su momento, emerge una cuestión mucho más íntima y definitiva: nuestra fascinación por la figura del criminal cruento y desalmado. Como una novela de Stephen King, este también es un relato en el que la atrocidad humana y el poder de atracción que ejerce sobre nosotros pesan mucho más que la verdad y la voluntad de esclarecimiento.

«Una hiena». «Una bestia espeluznante». «La vampira de Barcelona».

 

Lo primero que se cuenta de Enriqueta Martí es que nació a las afueras de Barcelona y se mudó a la ciudad siendo todavía muy joven para buscarse la vida. Allí comenzó a trabajar como niñera, para después, supuestamente, empezar a ejercer la prostitución, tanto en burdeles como en sitios como el puerto o el Portal de Santa Madrona. También era curandera: elaboraba y vendía ungüentos, pomadas y pociones para curar la tuberculosis. Según recogen algunas crónicas de la época, Enriqueta llevaba una doble vida: durante el día pedía limosna en conventos y parroquias, y por la noche se dejaba ver en lugares frecuentados por las clases altas, como el Teatre del Liceu, donde probablemente ofrecía sus productos o servicios. Se casó en 1895 con el pintor Juan Pujaló, con quien habría mantenido una relación tormentosa, hasta que el matrimonio se separó unos años más tarde sin haber tenido hijos. Toda su historia quedó marcada, sin embargo, por lo que ocurrió el 17 de febrero de 1912.

Ese día, una vecina de Enriqueta en la calle Ponent del Raval divisó en su casa, a través de una ventana que daba al patio interior del edificio, el rostro de una niña con la cabeza rapada que nunca había visto. Extrañada, la vecina avisó a la Policía, y cuando ésta se presentó en el piso, descubrieron que la niña era Teresita Guitart Congost, cuya desaparición habían denunciado sus padres dos semanas antes. Junto a ella, había otra criatura, de la que los agentes no tenían ninguna información: su nombre, Angelita.

En su declaración, Teresita explicó cómo se había perdido de su madre en un paseo y una extraña la había cogido de la mano ofreciéndole unos dulces; y también cómo, cuando se dio cuenta de que se estaban alejando demasiado y quiso volver, aquella señora la cubrió con un trapo oscuro y la obligó a seguir caminando hasta su portal. Enriqueta, por su parte, dijo al comisario que desconocía quién era la niña y que la había acogido el día anterior porque la había encontrado sola en la calle y con hambre. En lo que respecta a la otra menor, la interrogada, según la prensa, comenzó manifestando que era su hija, aunque más tarde, cuando se demostró que eso no era posible, acabó confesando que era su sobrina, a la que había adoptado tras hacerle creer a su cuñada en el parto que había muerto al nacer.

Angelita, sin embargo, fue la primera en agitar el caso: según lo que se publicó, habría expresado a los investigadores que antes del rapto de Teresita había otro niño en casa, Pepito, y que había visto a su madre matarlo en la mesa de la cocina. Y las especulaciones se dispararon del todo cuando, en un registro de la vivienda, la policía aseguró haber encontrado un saco con ropa sucia y huesos pequeños y, en una habitación cerrada con llave, un montón de botes y palanganas, dijeron algunos, «con restos humanos en conservación para preparar bálsamos».

Es a esta altura de la narración donde se produce una ruptura y la realidad empieza a deformarse paulatinamente, dando paso a la leyenda. Ese peligroso punto de no retorno a partir del cual cada rumor o, directamente, cada mentira, es tratada con la misma consideración que un hecho probado. «El detalle que me impulsó a la investigación del caso fue un documental de televisión donde decían que habían encontrado una entrevista a Enriqueta Martí en la que confesaba todos sus crímenes, pero que luego omitía la parte donde el redactor decía que todo había sido un sueño», expone Jordi Corominas, autor de un ensayo, Barcelona 1912. El caso Enriqueta Martí (Editorial Sílex, 2014), en el que se propuso desarmar el mito de La vampira del Raval indagando precisamente en cómo este se había constituido.

Corominas acudió a la hemeroteca, y comprobó que el relato oficial se frenaba en un instante concreto, provocando su tergiversación posterior. En el libro, de hecho, se aclara que los forenses acabaron determinando que los huesos encontrados en la casa de Enriqueta no eran humanos, sino de otros animales. Pero ese detalle ya no cuajó en el imaginario popular. Las leyendas, como en una ocasión escribió Pérez Reverte, solo sobreviven vistas de lejos. «El desmentido científico coincidió con semana santa, y un foco apartó el otro. Los periodistas y las propias habladurías de la calle fueron claves, pero también el contexto, con la burguesía buscando vengar la Semana Trágica. Criminalizar a Enriqueta era criminalizar a toda una clase social», sostiene el escritor.

El caso estalló en un momento en el que Barcelona trataba de proyectar el esplendor de sus barrios más acomodados. Mientras se abría Via Laietana, los nuevos ricos se instalaban en el Eixample, y desde las autoridades se trataba de silenciar o, aún peor, reprender las zonas más marginales. Además, justo en aquellos años en la ciudad se estaban produciendo desapariciones de niños, la mayoría de familias pobres, algo que desataba el pánico de los vecinos, y cuando Teresita apareció en el piso de una curandera, la sociedad creyó haber encontrado la respuesta que necesitaba. Tenían a una culpable. Tenían a la bestia que asesinaba a sus hijos para preparar con sus órganos pócimas milagrosas.

Sin ir más lejos, el 8 de marzo de aquel mismo año el semanario satírico L’Esquella de la Torratxa publicó en portada el dibujo de una espeluznante Enriqueta con varios niños bajo el brazo y el texto siguiente: «El plato del día». «Se juntaron muchas cosas. El analfabetismo todavía era enorme y los periódicos comenzaban a hacer sensacionalismo, y el caso de Enriqueta propulsó el relato macabro», añade Corominas. No son pocos los que apuntan, por otra parte, que la acusación a aquella mujer indefensa sirvió para tapar otra red mucho más real y siniestra de prostitución de menores y trata de blancas, en la que andaban metidos personajes de la élite política y económica del país con mucho más prestigio que perder que una simple desconocida de los bajos fondos.

A fin de cuentas, la única acusación sólida que se le pudo hacer a Enriqueta Martí fue la del secuestro de Teresita. Pero incluso ese delito, mucho menor a los que aún hoy se le siguen endosando, requiere de una contextualización que nadie se animó a hacer aquellos días. En otro libro dedicado al tema, Desmontando el caso de La Vampira del Raval (Icaria Editorial, 2014), la historiadora Elsa Plaza pudo descubrir que Enriqueta sí que tuvo un hijo, pero que este murió, antes de cumplir los once meses por culpa de la malnutrición, lo que le supuso un trauma y probablemente le causó un trastorno.

Corominas está de acuerdo con esa visión atenuada del personaje, y añade que hay dos componentes esenciales que determinan la forma en la que es juzgado: ser mujer y que en Barcelona la figura del asesino en serie es muy escasa, lo que propicia mitificaciones precipitadas. «Los hay, pero son excepciones, como las de los años 70 con el asesino de Pedralbes o el violador de Lesseps, productos americanizados, personal homologado, como diría Pasolini». Lejos de encarnar una versión local del despiadado Jack El destripador, tiene toda la pinta que la de aquella curandera estaba lejos de ser una mente analítica o criminal. «Hoy hubiera recibido atención psiquiátrica».

Sin embargo, el tiempo se resiste a desenredar el nudo de su aterradora historia, y hasta hace poco la Wikipedia todavía la presentaba como «la asesina en serie más mortífera que ha habido en España». Un mito de la crónica negra que bebe de la morbosidad y el desconocimiento, y al que ni tan siquiera se le concede un final despejado de falsedades. Porque, aunque lo que haya trascendido es que Enriqueta murió en el penal apaleada por las demás reclusas, lo cierto es que falleció a causa de un cáncer de útero. No hay paz para los supuestos malvados.

Como zanja en la pantalla Roger Casamajor, interpretando el personaje ficticio de un periodista que intenta descubrir la verdad sobre la vampira en la película de Danés: «El monstruo no era ella, el monstruo somos nosotros».

Fuente: Público

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