Los españoles no hemos inventado las injusticias, pero hemos convertido la profesión política en sinónimo de chollo: no exigimos la menor preparación a nuestros gestores, pero les otorgamos todas las prebendas. Para ser más exactos, ellos van creándolas y poniéndolas en forma de leyes, mientras nosotros sonreímos y miramos distraídamente hacia las vías del tren, como si fuéramos vacas. De hecho, a veces pienso que lo somos.

También hemos aceptado a nuestros supuestos servidores sindicales, que se autodenominan liberados desde que los traicionó el subconsciente. En el plano del lenguaje, el subconsciente actúa y la palabra ‘político’ les suena mal hasta a los políticos. Un minuto después de decir en un mitin que están en la profesión por altruismo, le colocan la etiqueta “político” a lo peor, a todo lo más abyecto que creen que el rival ha hecho.

La huelga que ellos apoyan es una huelga justa, pero la que el opositor les convoca es mala y eso la convierte en… una huelga política. A la jugada turbia del rival la denominan tacticismo político. Una palabra que ni siquiera aparece en el diccionario, pero esta gente no se caracteriza por su nivel léxico. Y a la maniobra malintencionada no le llaman puñalada trapera, como habíamos hecho toda la vida, sino maniobra política.

Esto de vivir intensamente la ley del embudo durante veinticuatro horas al día no es nada político, en realidad, sino una costumbre nacional. Somos el lugar en el que todos quieren las mejores condiciones laborales para todo el mundo, menos para su empleada de hogar. En el que todos se quejan de las carreteras o de la Sanidad…, pero casi nadie quiere pagar impuestos. En el que hay dos castas. No las que señalan los podemiers, sino la de los que tienen empleo vitalicio frente a la de aquellos que no lo tienen, cuyos derechos son infinitamente más reducidos.

Mientras, nuestros sindicalistas tienen problemas de léxico: hablan siempre de derechos de los trabajadores, pero jamás de deberes. En efecto, somos España, el sitio en el que el Tribunal Constitucional sanciona por lentitud a otros tribunales, pero se retrasa con sus propias causas. El lugar en el que todos los juristas repiten la frase “La justicia es lenta”, pero no la completan: “La justicia es lenta intencionadamente porque, así, los que vivimos de ella somos más”. Platón dijo que la obra maestra de la justicia era, precisamente, parecer ser justa sin serlo y España ha aprendido la idea. Seguramente, la aprendió hace muchos siglos.

No hemos inventado la injusticia, pero sí somos los primeros en convertirla en ley. Como cuando expulsamos a los judíos en 1492 para lucrarnos con los bienes que esas familias dejaban aquí. Como cuando tuvimos más siglos de Inquisición que nadie. Como cuando, en plena Guerra Civil, los vecinos y los porteros de Madrid denunciaban para que los mataran tras un paseo a quienes querían quitarse de en medio, ya fuera por motivos ideológicos o meramente económicos. O como cuando, en 2004, establecimos que también se podía detener por violencia de género a los varones inocentes: miles de juristas, técnicos y peritos se forraron con la nueva industria de género.

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