Como ciudadano, hace casi treinta años que no voto. Como periodista, me he quedado como uno de los pocos no alineados porque creo que el plumilla que se alinea… también se aliena. Personalmente, sigo el pensamiento del gran George Carlin, que es contrario al de la mayoría: si participamos, los legitimamos a ellos.

Carlin lo formulaba mucho más sencillamente: “Si votas, luego no te quejes”. La cosa no debería ser tan difícil de entender ni de defender: las personas mejor tratadas por la ley son las que la elaboran y todo el sistema político está diseñado para favorecer al votado, pero no al votante. El Congreso aprueba leyes muy conflictivas que dan trabajo a abogados, que son los que mayoritariamente forman esta cámara.

La decisión de no ejercer mi derecho al sufragio me ha permitido, muchas veces, salvaguardar mi propia cordura: no tengo que justificar las barbaridades de los míos, porque los míos no existen. Los míos no son los de izquierdas que fabricaron un país feminista intransitable para los varones ni tampoco los de derechas, cuya financiación siempre apestó. Dejando a un lado la ética, retóricamente yo sí admiraba la capacidad de palabra del señor Rajoy para recortar las pensiones o subir los impuestos diciendo que eso era bueno para todos.

Tras cada palo de estos, yo siempre me quedaba pensando: “Sé que Mariano lo hace por mí, pero luego me duele mucho al sentarme”. Me parece llamativo también que aceptemos que los parlamentarios tengan que cotizar menos para tener derecho a pensión. No debería sorprendernos, pues les hemos permitido que fijasen sus propias condiciones de trabajo. Que a nadie parezca importarle que haya aquí miles de personas aforadas con privilegios medievales que no pueden ser juzgadas como los otros cuarenta y seis millones.

Son los aforados, que un día nos hicieron tragar ese y otros chanchullos a su favor diciendo que lo hacían por nuestro bien, que los necesitaban para salvaguardar su independencia como representantes públicos. Olvidaron decir que eran representantes de sus propios intereses. No hay aforados en Alemania, ni tampoco en el Reino Unido ni en Estados Unidos. Todos esos países entienden que la igualdad debe ser real, no una simple palabra en una fórmula retórica, de forma que sus políticos son juzgados en tribunales ordinarios. Italia y Portugal tienen un aforado y Francia ‘disfruta’ de veintiuno: los miembros del Gobierno, no un ejército de miles de privilegiados como el de aquí. 

(Continuará).

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