Uno de los peldaños en la escalera hacia la felicidad idiota perfecta consiste en asumir que la igualdad es un valor absoluto que se puede imponer por la fuerza. El problema es que eso requiere eliminar el concepto mismo de competitividad y el esquema que lo hace se denomina comunismo. La productividad del individuo no era la preocupación principal de Karl Marx. Vocean la palabra igualdad los políticos, precisamente las personas que se dedicaron a la cosa pública porque se consideraban incapaces de competir. Los que ni saben gran cosa ni escriben correctamente, pero manejan las relaciones públicas que permiten conseguir puestos de lista con posibilidades reales de elección.

En lugar de creatividad, los aspirantes políticos le ofrecen seguimiento incondicional al líder del partido. Muchos consideran sinónimos los conceptos de fidelidad e incondicionalidad, a pesar de que entre ellos media un abismo semántico que convierte en peligrosa la confusión. Fiel es el que no defrauda la confianza depositada en él, mientras que incondicional es el adepto absoluto que se entrega a una persona o a una idea, pero sin limitación ni condición: “Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida”. (Apocalipsis, 2:10).

Nuestra encendida tendencia a ser incondicionales enrarece mucho el ambiente y nos impide juzgar con equidad. Ante una acción de corrupción, solamente nos falta preguntar si la ha realizado amigo o enemigo para poder valorarla. Somos una sociedad de cerebros cuadriculados, de amigos y enemigos absolutos, sin riqueza de matices. La discrepancia es inteligencia, pero aquí todo son apriorismos y plantillas ideológicas. El titular de que “Siete jueces progresistas y cinco conservadores decidirán sobre…” es muy habitual y no parece escandalizar a nadie que esté escuchando la radio por la mañana, pero define lo que ocurre aquí: los jueces no disimulan su filiación política.

Si conservásemos la cabeza sobre los hombros, entenderíamos que ser conservador o ser progresista es lo contrario de ser juez. En la empresa, el directivo valora más al seguidor incondicional que al que critica. Por eso suelen ser una pérdida de tiempo las reuniones: nadie quiere decirle a su jefe delante de otros que está equivocado. El discrepante es un raro ejemplar aquí.

El incondicional encuentra trabajo más fácilmente por estas razones y también porque las organizaciones principalmente encargadas de distribuir el empleo son las estructuras de adeptos que llamamos partidos políticos. El primer mandamiento del sistema de partidos es “Con el jefe hasta el final, sea quien sea el jefe”. Fidelidad al despacho y no a la persona, lo que nos convierte en ciudadanos dóberman.

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