Joshua Milton Blahyi fue uno de los actores más sanguinarios de la primera guerra civil liberiana. Mató, violó y realizó sacrificios humanos. También peleaba sin ropa, lo que le otorgó el sobrenombre de ‘General Butt Naked’ (General Culo Desnudo). Posiblemente, él fuera el hombre que Ryszard Kapuściński, famoso reportero polaco, describe en el capítulo que su libro ‘Ébano’ reserva a Liberia.

«También vi allí a un hombre que iba desnudo, pero con un Kalashnikov al hombro. La gente se apartaba a su paso y hacía un rodeo para evitarlo. Seguramente era un loco. Un loco con un Kalashnikov«.

Cuando se investiga sobre la guerra civil en Liberia, es fácil encontrar el vídeo de un hombre que explica con detalle cómo abría niños vivos por la espalda y les sacaba el corazón. Después, cuenta, lo cortaba en pequeños trozos para repartirlos entre sus soldados que iban a pelear en el frente. «Aquello nos protegía contra las balas», precisa con la mirada en el horizonte. También estaban convencidos de que era más eficaz combatir sin ropa. Él y sus soldados salían a las calles de Monrovia en zapatillas y rifles de asalto preparados para matar y dispuestos a morir. Todo con tal de evitar que Charles Taylor, el líder del Frente Patriótico Nacional de Liberia (NPFL) y sus secuaces, llegaran al poder.

A sus 49 años, lleva 24 sin quitar la vida a nadie. Pero su nombre continúa provocando una mezcla de temor y respeto en la capital de Liberia. Para algunos se ha convertido en un ejemplo, el orgullo de un país que intenta levantar la cabeza tras décadas de conflicto, hambre y pandemias. Para otros, es un asesino, un violador y un demonio que publicita su conversión al cristianismo para evitar ir a la cárcel y pagar por su atroz pasado. Una vida que plantea una cuestión fundamental: ¿puede alguien como Joshua Milton Blahyi redimirse?

Con una camiseta interior de tirantes blanca y unos pantalones de pijama de lino verde, lo que más asusta ahora de este exgeneral es un ojo rojo. El día anterior a la entrevista, la batería de su vehículo explotó cerca de su cara al intentar reparar el coche. Por ese motivo, quedamos en Paynesville, un barrio de Monrovia en el que vive una de sus hermanas. Sentado en una silla de plástico azul de terraza de bar y sin afeitar, Messi es su primer tema de conversación. Está tranquilo y relajado, observado por su hermana y un amigo que se ha sumado al coloquio al ver a extraños en su barrio. «Si ves a Messi en España dile que es el mejor del mundo, aunque el general sea del Real Madrid«, nos ruega.

Su nombre es Joshua Milton Blahyi, pero en Liberia continúan llamándole por su nombre de guerra: General Butt Naked. Un alias que poco tiene que ver con su desempeño a la hora de quitar vidas y que se popularizó el día que publicaron una foto de Joshua descolgándose por una valla sin ropa. Lo único que llevaba puesto eran unos zapatos y un AK-47 en la mano izquierda. Para él y su grupo de 72 soldados –la Butt Naked Brigade– no era una excentricidad. «Peleaba desnudo por los poderes espirituales que tenía. Una vez que tienes consciencia de que lo material está en tu mente, eres más efectivo combatiendo», relata.

En 2008, se declaró responsable de la muerte de «no menos» de 20.000 personas. Algunos expertos pusieron en duda la magnitud de las cifras –ya que supondría el 10% del total de fallecimientos del conflicto civil–. Sin embargo, existe consenso en señalarle como uno de los actores más crueles y sanguinarios durante los seis años (1990-1996) que combatió en la capital africana.

La presencia física de Blahyi continúa siendo imponente. La única parte de su cuerpo que tapaba antaño son ahora unos enormes pies desnudos que esperan el agua del baño que alguien calienta en el interior de la vivienda. Es domingo y toca predicar en una pequeña zona de Parker Paint, un barrio tomado por la droga en el que jóvenes toxicómanos pasan el día colocándose mientras sus hijos juegan entre el polvo y la basura. Joshua trabaja con jóvenes y drogadictos desde hace 13 años. En sus huidas y regresos al país para afrontar su pasado decidió ayudar a excombatientes del conflicto. Muchos de ellos habían sido soldados suyos. Otros tantos, enemigos en el frente.

«La guerra era muy tensa y todas las facciones usaban niños. Los niños son herramientas útiles, pero para que fueran valientes había que darles drogas. En aquel momento las drogas eran como munición. Ahora que la guerra ha terminado, cuando los veo por la calle me siento culpable e intento limpiarlos», explica.

Blahyi sale de la ducha oliendo a colonia, con camisa de cuadros, vaqueros y zapatos negros. Antes de montar en una furgoneta con su cara impresa en los laterales, su hermana Shantal, abogada y dueña de la casa, acepta dos preguntas. Blahyi, sorprendido, decide aguardar en el interior. Su hermana suele evitar a los periodistas.

 ¿Cómo definirías a tu hermano?

— Es un ejemplo maravilloso de lo que puede ser la raza humana. Es capaz de ponerse cara a cara con la realidad sin poner excusas por los errores que cometió. Sin justificar u ocultar nada. Él acepta ir a prisión e incluso morir allí si lo decide la justicia. Y eso es algo que no se ve habitualmente. Para mí es un héroe nacional.

 ¿Qué sentirías si finalmente fuera a la cárcel?

— Le amo más que a nada, pero para todo lo que hacemos hay consecuencias. Aunque Dios te perdone, las acciones del pasado no pueden olvidarse. Nosotros
le apoyamos, rezamos por él y le amamos. Quién sabe, incluso en prisión su vida podría tener alguna utilidad.

«¡Arrepiéntete y vive!»

La religión es la columna vertebral de Blahyi y su familia. En 1996, poco después de participar en la sangrienta batalla del 6 de abril que rompía una débil tregua entre los bandos, su vida dio un supuesto giro del que todavía hoy muchos desconfían. De acuerdo a sus costumbres –y las de su tribu—, antes de cada batalla conseguía a un menor para su «ofrenda». La última fue una niña de tres años. Salió a la calle y ejecutó el sacrificio. Por aquel entonces, Blahyi tenía 24 años y llevaba seis cometiendo crímenes en las avenidas de Monrovia. Cuando terminó de repartir los fragmentos del corazón de la pequeña, pidió a sus hombres que fueran al río a por agua para lavarse las manos.

En ese momento, según ha contado en el pasado en un relato difícil de creer, tuvo una aparición «que brillaba más que el sol» y le habló en su dialecto. La última frase que dice recordar fue: «Arrepiéntete y vive o rehúye y muere».

Poco después intentó disparar al aire con varias armas como señal a sus hombres. Ni las pistolas ni el RPG funcionaron. Ese día recibió un balazo en la tibia –el primero de su vida— y retrocedió en el frente como nunca antes lo había hecho. Los siguientes eventos son confusos, pero el relato que se puede rescatar de diferentes fuentes, incluido un libro sobre su conversión, es que tras conocer a unos pastores evangelistas abandonó las armas, pero no las calles de su ciudad.

En los mismos lugares que había cometido sus crímenes comenzó a predicar cada viernes. Los más benévolos con él pensaron que se había vuelto loco.
Fuera o no el hombre que vio Kapuscinski, nunca más volvió a disparar. Los siguientes años fueron complicados: viajó al extranjero, predicó en otros países africanos, pensó en suicidarse, se casó, tuvo tres hijos, se instaló en Ghana, visitó campos de refugiados de la guerra civil liberiana donde coincidió con víctimas y sobrevivió a varios intentos de asesinato.

Él buscaba el perdón de unas personas que, en el mejor de los casos, habían tenido que huir del país por gente como él. Sus detractores denunciaron –y continúan haciéndolo— que su cambio tan solo es la manera de escapar de una condena de por vida en prisión. «Mira, la Biblia dice: ‘La verdad os hará libres’, pero también señala que ‘ningún pecado queda sin castigo’. Por eso en Liberia no prosperamos. Tenemos líderes brillantes, muy inteligentes, mucho dinero entrando al país, pero tratamos de ocultar nuestros errores. En caso de ir a la cárcel, si el pecado queda a la luz, mi país prosperará y beneficiará a mi familia o a mi sobrino. La siguiente generación sabrá lo que ocurrió», expresa.

Blahyi ya era una especie de sacerdote en la primera guerra civil liberiana (1989-1996), uno tradicional de la tribu Krahn. La misma tribu de Samuel K. Doe, el militar que dio un golpe de Estado en 1980 para terminar con las desigualdades raciales y que terminó instaurando una dictadura que llevó al conflicto civil. Además de los sacrificios de niños, sus hombres también ingerían carne humana antes de pelear para tener el favor de los espíritus. En las zonas más rurales de Liberia, la magia sigue condicionando las vidas de muchas personas en 2021.

El historiador y africanista Stephen Ellis, en su libro ‘La máscara de la anarquía: la destrucción de Liberia y la dimensión religiosa de una guerra civil africana’, publicado en 1999, recoge el papel de Blahyi y el canibalismo en el conflicto. «De las innumerables atrocidades llevadas a cabo por las diferentes partes, la más terrible sea seguramente el consumo de carne humana (…) Después de 1991, era común encontrarse a refugiados traumatizados que habían sido testigos de dichas prácticas».

 ¿Qué sentido tenía el canibalismo para ti y tus hombres?

— Mi posición era proteger a mi tribu, y eso hice. Proteger contra las balas, hacer desaparecer a los soldados, hablar con los espíritus… Ahora sé que funciona, pero también que está mal.

Comisión de la Verdad y Reconciliación

Liberia vivió años de gran inestabilidad desde la dictadura de Samuel K. Doe, hasta el exilio de Charles Taylor. Un total de 23 años de guerras, dictaduras y autoritarismo encauzados por un Gobierno de transición (2003-2005) que facilitó la llegada pacífica de la democracia.

Una de las iniciativas de aquel gobierno fue la creación la Comisión de la Verdad y Reconciliación, un tribunal sin capacidad de condenatoria, pero que buscaba “promover la paz nacional, la seguridad, la unidad y la reconciliación”, además de aclarar crímenes entre enero de 1979 y octubre de 2003.

Tras cinco años de trabajo y entrevistas, la Comisión llegó a su fin con un informe amplio cuyo documento central supera las 400 hojas. En él se proporcionan recomendaciones para reparar a las víctimas y se facilitan dos listas: una de perpetradores recomendables de enjuiciamiento —más de 100— y otra, de 38, a los que se recomienda no hacerlo “por cooperar en el proceso, admitir sus crímenes y decir la verdad”. En esta última, en el puesto número cuatro, aparece un nombre: Joshua Milton Blayir (sic).

Los sermones del exgeneral

La falta de luz, la ausencia de turistas y la escasez de personas fumando en las calles son tres carencias que resumen Monrovia a primera vista. La máxima del tabaco no se cumple en Parker Paint. La furgoneta avanza por una carretera polvorienta flanqueada por chabolas de metal. En los cambios de dirección, los conductores de motocicletas cierran el paso a coches y camiones y varios hombres golpean las ventanas al grito de «¡general!, ¡general!». Su sobrino de doce años, hijo de Shantal, comparte nombre con su tío y apenas presta atención. «Siempre es igual», suspira sin despegar los ojos del teléfono. Él acompaña en las prédicas a otra hermana de su madre y al propio Blahyi para grabar la sesión en Facebook Live. En Liberia, o en cualquier parte del mundo, se pueden seguir cada domingo los sermones del exgeneral.

El ambiente tranquilo en el que varias parejas fuman marihuana bajo un árbol se altera con el sonido de la puerta del coche al cerrar. En la misma zona, varios adolescentes pasan por las manos de un barbero que utiliza la misma cuchilla para todo el grupo. El «clock, clock, clock» de una mujer aplastando mandioca con un palo largo despierta los lloros de un bebé. Sin mediar palabra, varios chicos jóvenes aparecen y siguen al exgeneral como guardaespaldas de un político o el séquito de un rey, pero con camisetas falsas de la NBA y en chancletas. Blahyi es aquí el centro de atención.

Sus críticos le consideran un ególatra que necesita exhibirse para alimentar su orgullo. Sin embargo, el estilo de sus sermones no difiere en exceso de otros predicadores en iglesias protestantes de la ciudad. Hoy es su primera vez con algunas de estas personas, aunque dice haber ayudado a cerca de 500 con su ONG ‘Journeys Without Violence’ (Viajes Sin Violencia). Los saca de su entorno, trabaja en su desintoxicación o en los traumas de una infancia violenta y los instruye en una formación profesional básica para mandarlos a trabajar lejos de la capital.

No obstante, el inicio de Joshua fue complicado. Primero, buscó a familiares vivos de muchas de sus víctimas y les rogó su perdón. Más adelante, continuó con los protagonistas de la guerra: un grupo de hombres crecidos entre armas, sangre y barbarie. Los mismos que después, todavía jóvenes, drogadictos e inadaptados, fueron rechazados por sus familias y al único que encontraron fue a su comandante –o enemigo— dispuesto a ayudar. Todo para sacarlos de un mundo despiadado y bruto en uno de los países más pobres del planeta.

 ¿Por qué debería confiar en ti alguien que lea tu historia?

— Entiendo la violencia porque he sido parte de ella. Entiendo sus riesgos, así que hago cualquier cosa para combatirla. Sé que viviendo una vida violenta nadie es feliz. Voy al gueto con los chicos que están en las drogas y los animo a creer que el cambio es posible.

Si yo puedeo cambiar, cualquiera puede

Su principal argumento es: «Si un contrabandista de diamantes y droga, un violador y un asesino pudo cambiar, ellos también pueden«. Les grita, se da golpes en el pecho y canta con los ojos mirando al cielo mientras balancea el cuerpo de lado a lado. «Les hago ver que la gente los respeta por las decisiones que toman. Yo acepté el cambio y eso ha provocado que la gente me quiera conocer. Les hago ver que la clave está en la acción, pero que tienen que creer».

Después de saludar por las callejuelas de la zona y escuchar a su hermana predicando a las mujeres, Blahyi comienza su arenga. Los hombres, la mayoría chicos jóvenes, se acercan a escuchar creando un corro. Él los señala uno por uno pivotando en círculo y les pide que repitan mensajes como: «Hombres blancos dejarán su país para venir a verme» o «Yo seré el próximo Joshua«.

«Hubo otros generales en Liberia igual que yo, pero vienen a verme a mí. ¿Por qué me entrevistan a mí y no a otros? Porque he cambiado. Vosotros tenéis que conseguir que un día otro periodista de Alemania o España venga aquí y hable de vosotros», grita desde el interior del grupo. Cada domingo realiza el mismo proceso en diferentes lugares y lo retransmite en directos de más de hora y media. Su sobrino le sigue móvil en mano y pide precaución. «No están acostumbrados a ver una cámara. Bueno, tampoco a un blanco«, precisa moviendo las cejas.

Al finalizar, la familia entrega comida y zumos a las mujeres. Algunos hombres se quejan y ellas ríen. «Si quieren, que lo compartan», dice Blahyi. Todo es diferente en este pequeño claro de Monrovia. Antes de regresar al vehículo, reparten una hoja en la que aquellos que quieren comprometerse a dejar las drogas marcan una cruz al lado de su nombre. Sin embargo, la mayoría de celdas en la tabla están vacías, igual que las miradas de muchos de ellos cuando mendigan dinero para comprar medicinas, pañales o cualquier otra cosa que se les ocurre para ocultar la necesidad de drogarse.

El único hombre que busca conversación lleva una Biblia en los brazos y ha estado toda la mañana solo. Adicto a la cocaína, parece ser el único que no quiere pedir nada o que no sabe cómo hacerlo. «Joshua ha conseguido que mi vida tenga un objetivo, quiero dejar la coca, aunque no puedo, y eso hace que mis hermanas tengan que mantener a mi familia. Me avergüenza llevar esta vida con 40 años».

 ¿Por qué crees que os ayuda el general?

— Solo sé que es el único que se preocupa por nosotros.

«Si pudiera, le mataría»

En un país profundamente cristiano, muchos entendieron el cambio de Blahyi como una burda estrategia para evitar pagar por sus delitos. Un relato aderezado con pequeñas mentiras que engrandecen su figura, incluso cuando reconoce el papel de verdugo. Sin embargo, en enero de 2008 se sentó ante la Comisión de la Verdad y Reconciliación, un tribunal sin competencias pero cuya función era realizar recomendaciones para un futuro tribunal sentenciador de los crímenes de la guerra, y pidió perdón. «Creo que es injusto para esta nación perdonarme por haberme oído predicar», explicaba el exgeneral, «creo que es más justo que sepan en detalle todo lo que hice y que decidan perdonarme o no hacerlo».

Para algunas de sus víctimas, especialmente las mujeres violadas, el buen nombre y la notoriedad de Blahyi es una losa difícil de soportar. Una revictimización que décadas después no cesa. Super Mama, una de las humoristas más famosas de Liberia, relata en el documental ‘Larry Charles Dangerous World of Comedy’ cómo presenció una de las atrocidades del exgeneral.

Butt Naked apostó con otro hombre el sexo del bebé de una embarazada que atravesaba un control militar y, para comprobarlo, abrió con un arma blanca la tripa de la mujer. Al ver que había acertado, asesinó de un disparo al hombre que había perdido la apuesta. «Cuando dijo que había cambiado, fui a la ciudad y le vi predicando», explica Super Mama. Finalmente, confiesa: «Si tuviera la oportunidad, le mataría«.

Otros como Rodney Sieh, el periodista más respetado de Liberia por su lucha contra la corrupción y la mutilación genital femenina, son más cautos en su juicio. «Es imposible negar que mató a mucha gente, pero es uno de los impulsores para que los crímenes de nuestra guerra civil no queden impunes. Es de los pocos que quiere enfrentarse a lo que hizo. Otros, como Prince Johnson (rebelde en la primera guerra civil y ahora político), están asustados. Tienen poder y saben que pueden perderlo. Blahyi, en cambio, me parece muy valiente», reflexiona Sieh.

Sin miedo a la justicia

Seis horas después de salir de la ducha, el exgeneral vuelve a entrar a la casa de su hermana para cambiarse la camisa y el pantalón. Joshua Jr. se sienta en el porche a diseccionar cada respuesta que su tío apura antes de marcharse de nuevo a predicar. Esta vez, en una iglesia de la ciudad.

 ¿Busca tu conversión evitar una condena?

 Si espero a que la gente me perdone porque acepté a Jesús cualquiera podría venir mañana a hacer daño a mis hijos. Alguien podría herir a mi precioso sobrino, explicar que ha aceptado a Jesús y que la justicia no tendría que actuar. Sería un círculo vicioso. Cualquiera podría venir a la comunidad y decir: «Jesús, Jesús, Jesús, creo en Jesús». Y entonces habría que perdonarle también. Yo no quiero ser recordado así.

— ¿Cómo te gustaría ser recordado entonces?

— Como un hombre que encontró arrepentimiento sincero y que estaba dispuesto a aceptar las consecuencias de sus acciones. Una persona miedosa puede matar. Es más, los cobardes causan más daño que los valientes. Pero la acción por sí misma no determina las agallas que tienes, valentía es aceptar la responsabilidad de tus actos.

La visión de una pareja de corresponsales

En mayo de 1996, Alfonso Armada y Gervasio Sánchez, dos referencias imprescindibles del periodismo reciente, se desplazaron a Liberia para cubrir la guerra civil durante dos semanas. En una conversación telefónica, ambos recuerdan aquel conflicto de finales de siglo.

«Eran por lo menos cuatro grupos étnicos matándose entre ellos, con una parte importante de niños y adolescentes que se exhibía haciendo atrocidades», apunta Gervasio, que también recuerda dejar la cámara en el suelo para no fomentar con su presencia el horror de una mutilación genital por parte de unos soldados a sus prisioneros.

Armada, actual presidente de Reporteros Sin Fronteras España, llevaba por aquel entonces dos años reportando desde África y lo resume perfectamente en un extracto de ‘Asesinato en Monrovia’, la pieza que publicó en El País el 16 de mayo de 1996:

«La muerte se cotiza muy bajo en Liberia. Basta desembarcar de uno de los helicópteros artillados en la embajada de Estados Unidos —convertida en fortín en tierra hostil—, atravesar los muros coronados de alambre de espino y recorrer tres o cuatro calles para darse de bruces con el mal. Aquí no hay ni ideología ni piedad (….) es inútil hablar de tropas, etnias, estrategia. El puro pillaje y la muerte gratuita son la única razón».

25 años después, ninguno recuerda haber visto al exgeneral.

Fuente: El Confidencial

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