Éramos niños traviesos y molestos. Nada me gustaba tanto como cabrear a los abuelos sentados en los bancos de la plaza de la Constitución del pueblo hasta el extremo de que alguno nos gritase: *¡Veros de aquí!  Lo fascinante del vocablo *veros era que no se trataba del infinitivo del verbo ver, sino de una especie de mutación, de imperativo aberrante del verbo ir. Los imperativos se construyen con una d. Hoy, aquí nadie utiliza correctamente el imperativo idos, sino su variante construida sobre erre asesina, iros (ya aceptada por la autoridad académica, por cierto). Así que todos ordenan gentilmente “callaros ahora mismo” o “marcharos de  una vez”. Pero aquellos señores de mi pueblo habían ido un paso más allá cambiando de tiempo y también de verbo para construir, en su laboratorio callejero, ese fascinante *veros de aquí.

La ese más asesina de todas es la de *vinistes, otro vocablo espantoso y cruel que provoca mucho dolor en los oídos. En este caso del pretérito de indicativo, las formas correctas son viniste, comiste, saliste o hiciste. Nada de ninguna ese final. Como tampoco debe haberla en el imperativo ves a por tu riñonera. La forma de construcción correcta, la que no hace sangrar los tímpanos, es, por supuesto, ve a por tu riñonera. Sea esta de cuero o, en su versión más auténtica y purasangre, de legítimo plástico y cuatro cremalleras. Como en el traje típico del varón de algunos pueblos de la comunidad de Madrid, que se compone de pantalón pirata, camiseta manca y, precisamente, riñonera. Con esta, el hombre gana capacidad de almacenaje y transporte, pero pierde la dignidad para siempre. La riñonera de plástico de ley y tres o más cremalleras justifica la infidelidad femenina, lo mismo que pasar la mañana en el bar comiendo zarajos y repitiendo a los amigotes: “Estoy tan salido que lo haría hasta con mi mujer”.

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