Cuidado con los cambios no espontáneos del lenguaje, con quienes intentan decirnos cómo tenemos que pensar. Paul Valéry nos enseñó que la sintaxis era una facultad del alma. El emisor es un conglomerado de palabras y Paul creía que quien retorcía los vocablos desintegraba a la persona. Valéry dijo que la grandeza del teatro de Racine estaba en que respetaba el subjuntivo, incluso en casos de crisis.

O sea: que no se puede violar las palabras, porque el lenguaje es sagrado y su evolución debe ser natural, no forzada por ideólogos. Parece mentira que tan poca gente se rebele cuando le dicen cómo debe hablar. Cada vez que abren la boca, los políticos parecen hablar peor. Pero hacen caja en forma de votos y de dinero. Desgraciadamente, esto no es una broma. Maldita hemeroteca: El señor Griñán hizo caja de la demagogia diciendo esto en 2007: «Estoy muy contenta para recordar [sic] el compromiso irrenunciable con la igualdad efectiva entre hombres y mujeres de la Junta de Andalucía».

Tranquilizó a los asistentes, o quizá asistent@s, diciendo que no le molestaba que le llamaran “presidenta”. Esas palabras lisérgicas no eran delirio, sino eficaz herramienta de captación de voto. Siempre hay un político cerca cuando se dicen estupideces grandes que no son inocuas. Antes insinuábamos que las estupideces más peligrosas son las que dimanan de las ideologías. Estas solamente deberían ser maneras de organizarnos, propuestas para estructurar la sociedad, pero en la práctica se convierten en cadenas para el entendimiento y en fuentes de apriorismos.

Estos nos impiden razonar porque, como su nombre indica, ya han dejado razonamientos cerrados y empaquetados antes de que lo hagamos. Si continuamente repites “vascos y vascas”, cuando desde la educación primaria sabes que con “vascos” cubres a ambos colectivos, la sociedad premia la imbecilidad de tu cerrazón eligiéndote como presidente autonómico o lendakari. Primero la idiotez, después su recompensa en votos. Esto le ocurrió al conocido intelectual y demiurgo del universo de la corrección política llamado Juan José Ibarretxe.

Este ciudadano descubrió que la ideología estaba por encima del culto superfluo a la gramática, al compendio de normas lingüísticas que le habían enseñado desde niño. Juan José repitió tantas veces “vascos y vascas” que, al final, esa tontería le pareció normal. A nosotros, hasta terminó pareciéndonos que él tenía más aspecto de presidenciable y menos cara de invasor extraterrestre. Ibarretxe terminó convenciendo a muchos de que quien determina cómo se habla no es el sabio sino el político, de que para eso han elegido a este último los ciudadanos.

Lo políticamente correcto trata siempre de imponerse a lo sencillamente correcto, a lo consuetudinario y a lo natural.  También nos persuadió de la vigencia del principio de aptitud que sienta las bases de nuestro sistema electoral: para presidente sirve cualquiera.

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