“Todos confiábamos en él, era nuestra única salvación, lo teníamos en un pedestal”, ha manifestado una de las víctimas ante el Tribunal de la Audiencia de Barcelona que juzga este brutal caso de pornografía infantil, abuso y agresión sexual a menores sobre el presunto autor de estos hechos.

D.C.G., el principal sospechoso de haber tejido la telaraña en la que quedaron atrapados 14 menores, tanto los que conformaban una pandilla de amigos como otros adolescentes allegados al grupo, presuntamente hizo creer a las víctimas que él podría poner solución al acoso que estaban sufriendo a diario. “Nos hacía creer que hablaba con la persona que estaba detrás de la cuenta, cuando realmente quien estaba detrás era él”, ha afirmado con rotundidad una de las menores abusadas sexualmente. Incluso, les hizo creer que él también estaba siendo víctima de amenazas y coacciones por parte de los mismos individuos, presuntos miembros de una banda latina de La Mina.

Silenciaban el móvil para “olvidar” el terror

Recibían mensajes amenazantes casi a diario. Siempre por la noche. “Casi cada día me despertaba con una notificación”, ha recordado una de las menores ante el juez. “Dejé de poner el móvil con sonido porque no quería escuchar las notificaciones”, ha dicho otra, “cuando llegaban, sentía mucha angustia”. Por este motivo, muchos de los menores comenzaron a experimentar insomnio, pesadillas, ataques de ansiedad, rechazo hacia su persona, comportamientos autolesivos, bajo rendimiento escolar e incluso intentos de suicidio. 

Las más afectadas por el ciberacoso de este depredador sexual eran, sobre todo, ellas. “Las chicas lo pasaban muy mal, no se sentían seguras en ningún sitio, ni siquiera en sus casas, se sentían acosadas. La cosa llegó a tal punto que ya no salíamos solos a la calle, siempre  lo hacíamos en pareja o en grupos de tres. Estaba en nuestra cabeza, no podíamos parar de pensarlo”, ha corroborado otro de los menores.

Las chicas no solo eran víctimas de agresiones sexuales ordenadas por el presunto acusado a través de la aplicación móvil Instagram sino que, además, recibían amenazas de muerte acompañadas de datos personales para dotarlas de mayor credibilidad como la ropa que llevaban en ese preciso instante, en donde se encontraban o incluso el color o matrícula de los coches de sus familiares. Las víctimas llegaron a recibir fotos suyas por parte del agresor para dejarles claro que las tenía absolutamente vigiladas. No tenían escapatoria. Por eso, han explicado este martes en la Audiencia de Barcelona, no presentaron ninguna denuncia. “Teníamos mucho miedo”, han explicado una por una las víctimas de este caso.

Agredió sexualmente a una menor

En un caso concreto, una menor llegó a verse con el acusado. Ella misma ha explicado que quedaron para hablar sobre lo que estaba sucediendo y que, en mitad de la conversación, el acusado recibió una llamada (ahora ella cree que simulada) en la que el supuesto depredador sexual le ordenaba al acusado que realizaran actos de índole sexual bajo amenaza de muerte.

Ella, en aquel momento, fruto de la inocencia propia de la edad y del terror infundado por el adulto, accedió. Después de aquello, la menor intentó cambiar de estrategia para salvarse de hacer aquello que ella no deseaba, pero no funcionó. Pensó en hacerle creer que sentía algo por él, cayó en una especie de “síndrome de Estocolmo”. “Pensé que sería como en las películas, que si ofrecía una relación sentimental me libraría de hacer videollamadas pornográficas”.

Sexo explícito delante de la cámara

Otra de las jóvenes, aunque no tuvo contacto con él directamente, se vio forzada a practicar, bajo amenaza de muerte, sexo con su pareja de aquel entonces, ambos menores de edad, ante la cámara. “Si no hacía lo que me pedía, me decía que haría daño a mis abuelos, a mis padres y que vendría a mi casa y abusaría de mi”.

Aunque no llegó a ponerle la mano encima, la joven ha explicado, visiblemente afectada, que “llegó a sentir mucho asco por rebajarse tanto”, en referencia a las grabaciones que tuvo que realizar en contra de su voluntad. “Me sentía violada. No sé cómo explicarlo, pero @pericodelospalotes2020, abusaba de mí”, ha dicho en referencia al nombre de la cuenta de Instagram desde la que recibía órdenes diarias para complacer las fantasías sexuales de un depravado.

El que fue su pareja, apesadumbrado, ha respaldado el relato de la chica. “Ella estaba muy mal” durante las relaciones sexuales que les obligaban a grabar en directo, aunque ha aclarado que eran simuladas. “Lloraba mucho y yo sufría mucho por ella”, ha explicado con pena ante el tribunal.

Ola, sin hache

Uno de los jóvenes ha aportado también un hecho que resulta, cuanto menos, sorprendente. “D.C.G, el acusado, nos dijo que si en una videollamada salía su cara, que no era él, que le habían hackeado el móvil”. Que el principal sospechoso fuera cuñado de una de las víctimas y que hubiera forjado con el grupo una cierta relación de confianza, concuerda con el hecho de que el presunto agresor conociera todos sus movimientos. “Era alguien que nos vigilaba, sabía quienes éramos, nos seguía. Lo sabía todo de nosotros”.

Otra de las víctimas ha señalado directamente al acusado como presunto autor de estos hechos de extrema gravedad. Un buen día, la cuenta desde la que el grupo de amigos recibía las amenazas, @pericodelospalotes202, cambió de nombre. De pronto, el usuario pasó a ser el nombre del ahora acusado seguido de un código numérico. “Me habló de buen rollo. Se presentó con su nombre real y me dijo que había podido recuperar la cuenta que le habían hackeado meses atrás”, y desde la que los habían estado acosando.

Pero el joven ha querido matizar una cuestión relevante. Cree que el acusado es quien estaba detrás de @pericodelospalotes. Lo cree porque, tanto el acusado como el depredador sexual que durante meses anuló su voluntad, no solo se expresaban igual sino que también cometían las mismas faltas ortográficas. Entre ellas, ha dicho, la pesadilla siempre comenzaba con un: ¡Ola! Así. Sin hache.

Fuente: El Taquígrafo

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