El octavo círculo del infierno de Dante está reservado a los aduladores, que son torturados allí junto con los demás fraudulentos: rufianes, seductores y cortesanos. La diferencia entre el aprecio y la adulación está en que el primero puede ser sincero, pero la segunda no. Porque es el pecado de decir falsamente lo que puede agradar al otro, pero precisamente con el fin de conseguir algún beneficio.

El sucio afán del peloteo resulta execrable porque opera contra la amistad de quien lo padece. Se puede traicionar al amigo sin adularlo, pero no se le puede adular sin estar traicionándolo. La zalamería es la antítesis de la amistad. Cicerón ya estableció en el primer siglo antes de Cristo que “si el provecho es la causa de la amistad, el provecho la destruirá”. El hombre cabal prefiere tener enemigos antes que aduladores, pues la enemistad es más previsible que la falsa alabanza y puede operar de acuerdo con algunas reglas éticas. Dos de los factores que explican el fenómeno de la lisonja son su verticalidad y su condición de pecado inconfesable.

En el plano laboral, el pelota trabaja en vertical y por eso no corrompe solamente un estamento laboral, sino el conjunto del sistema. Mientras le hace la rosca al superior, fomenta el que sus subordinados hagan lo mismo con él. En una televisión autonómica en la que trabajé, los principios de mérito y capacidad se habían anulado hasta el punto de que toda posibilidad de medrar pasaba por la adulación.

Todos lo sabían. Con pocos meses de intervalo, encontré a un redactor al que llamaremos Alfredo corriendo para hacer un reportaje de homenaje a la muy conservadora Esperanza Aguirre y otro a los ultraprogres orgullosos del movimiento gay. Él quería hacer méritos con el jefe independientemente de quién fuera este, de manera que podía ser rojo un miércoles y azul al viernes siguiente.

En una ocasión, un director general preguntó si alguien sabía quién era el periodista que siempre se topaba con él en la escalera de la zona noble. Sus colaboradores rieron y dijeron “Alfredo el Encontradizo”. El tío se agazapaba en las sombras para tener encuentros ‘casuales’ con el poder y lanzar allí sus propuestas y peticiones de promoción. Lo público favorece especialmente la adulación, hasta el punto de que en la radio pública he visto a mucha más gente haciendo indignamente la pelota que mejorando sus textos o locuciones.

Cada vez que llega un nuevo director, en torno a él se forma un círculo de feladores. Tampoco la universidad se libra del mal del peloteo. En nuestra época de estudiantes, cada año sabíamos qué profesores meritorios iban a convertirse en fijos cuando llegase septiembre: siempre eran los llamados toalleros, que le llevaban las carpetas al catedrático e impartían por él las clases de los viernes, para que pudiera descansar. Jamás vi acceder a un departamento con sueldo a un desconocido brillantísimo, porque los méritos no eran de sapiencia, sino de rodilleras y genuflexión.

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