“En el Institut del Teatre los llamábamos los niñas porque iban detrás las niñas”. Es una frase de una actriz catalana que define lo que ha pasado durante décadas en una institución pública, dependiente de la Diputación de Barcelona, como el Institut del Teatre. A lo largo de los últimos 30 años ha habido una serie de profesores que han abusado de su poder sobre los estudiantes con comentarios humillantes y de carácter sexual, incluso acosándolos y en algún caso abusando sexualmente con tocamientos. En uno de los casos, estos comportamientos hicieron que una estudiante dejara los estudios y se marchara a vivir lejos. También ha habido maltrato psicológico reiterado y estructural. No son hechos aislados. El ARA ha conversado con centenares de alumnos que han puesto el foco sobre una docena de profesores y exprofesores. Tres se repiten: Joan Ollé y, en diferente grado, Jorge Vera y Berty Tovías.

Los alumnos eran ya adultos, chicas y chicos muy jóvenes que sufrían el abuso de personas que les doblaban la edad y a la vez les podían abrir las puertas al mundo profesional. Y todo en un contexto, el de las artes escénicas, donde los sentimientos confluyen y los límites son difusos. “Tienen una posición de poder sobre muchas jóvenes que se están formando como personas y actrices, jugando con emociones y sus cuerpos”, explica la actriz Thais B. “Tú te enamorabas del maestro y ellos de tu culo, de tu juventud”, resume la intérprete Anna S. para referirse a una máxima aplicable a muchas esferas de la vida. Algunos episodios tuvieron lugar dentro de las aulas, otros fuera. El Institut del Teatre (IT) defiende que no tiene denuncias formales de acoso, a pesar de aceptar que ciertas actitudes no se han sabido abordar durante muchos años. La institución aprobó en 2018 un protocolo contra el acoso sexual. De hecho, en los últimos años el movimiento Me Too ha hecho aflorar muchos de estos comportamientos normalizados por la sociedad y que ahora ya no se toleran.

Una figura temida

Con una larga y reputada trayectoria en el mundo teatral, Joan Ollé es uno de los profesores del Institut del Teatre de más prestigio como director escénico. Despierta la admiración de muchos alumnos y tenerlo como docente, además del aprendizaje adquirido, puede dar trabajo. Pero durante sus clases son habituales los comentarios vejatorios y humillantes hacia las estudiantes.

Marina P. -nombre real como todos los que aparecen en este artículo- coincidió con Ollé en segundo curso. Hacía un trabajo y lo quería entrevistar. “Quedamos en el Pa Patxoca [un bar de al lado del IT]. Él iba bebido y no me tenía respeto. Cuando intentaba marcharme, me retenía verbalmente y físicamente. Me tocaba la espalda, el culo, los brazos. Se acercaba a mí y me pedía «besitos». Sabía que mi novio era alumno suyo. Me presionaba tanto para que dejara a mi novio que lo acabé haciendo”, recuerda. “Me invitaba a bebidas, a cenar… Era famoso y me decía «Eres buena actriz, te cogeré». Para mí era todo un honor, a pesar de que sabía que lo que estaba pasando no estaba bien”. En esas conversaciones Ollé prometía que harían una obra juntos. “Yo pensaba: «Tengo que aguantar esto para tener trabajo». Tampoco dejó de mencionar lo importante y poderoso que era, porque él conocía a todo la gente del mundo escénico y todo el mundo lo quería y confiaba en él”. En tercero se le volvió a acercar. “Me dijo que en cuarto podía hacer el taller de interpretación con él y que me cogería para un espectáculo. Me entró mucho miedo, sentía que no aguantaría tenerlo cada día cerca mío. Me daba mucho miedo que se enfadara”, recuerda. Durante dos meses lo estuvo evitando y, al final, antes de empezar cuarto, cogió un vuelo y se marchó al extranjero. “No me veía capaz de ir al director del IT a explicar que estaba sufriendo un abuso. Tampoco podía decirle nada a él. Me hacía sentir terror”, explica Marina, que presentó una instancia al Síndic denunciando lo que sufrió, a pesar de que no tuvo recorrido porque no se admiten denuncias entre particulares. Marina no es la única que se marchó a raíz del comportamiento de Ollé. Unos años antes, una actriz, de fuera del IT, se marchó a Madrid entre otros motivos para huir de él.

Quien sí lo trasladó a la dirección fue Juliana A. en 2016. Fue alumna de Ollé en el último taller de escenografía de la ESAD (Escola Superior d’Art Dramàtic del IT). “Él iba con un cubata en la mano, que puso sobre los planos de escenografía. Fue una reunión muy tensa”, explica. Más adelante el ambiente se calmó y volvieron a compartir momentos en el bar. “Alguna vez se ofreció a hacerme un masaje. Yo me dejé hacer, pero forzada”, explica. También le enviaba mensajes que ella no respondía. “Me hacía insinuaciones, y hablé con la tutora y con la compañera de taller. No querían hacer nada. Tenían miedo”. Un día, incluso, Ollé le dijo que había hablado con otra persona, de quien no quiso decir el nombre, y que le había dicho que ella era una “obsesa sexual”.

Ante esto, se dirigió a otros cargos de la ESAD, que la invitaron a presentar una instancia administrativa a la institución. Lo hizo siguiendo la vía informal, tal como le había aconsejado un profesor. La dirección le respondió que tendría una conversación con Ollé. “Él se comprometió a cambiar de actitud y explicó que había pedido disculpas. Con este compromiso, entendemos que la demanda ha llegado a su curso y rompemos la instancia”, dice la dirección de la ESAD en el documento de respuesta a la instancia oficial que ella acabó presentando, y al cual ha tenido acceso el ARA.

“A mí nadie me dijo nada. No se activó ningún mecanismo ni ningún protocolo”, explica Juliana. Ella siguió con el taller y Ollé pasó a ignorarla. “El día del estreno, comiendo en un restaurante, comentó que se quería follar a dos alumnas -que eran pareja-, y que le producía morbo porque eran lesbianas. Fue muy desagradable”, explica. Ante estos comentarios volvió a hablar con la dirección: “Quería saber si habría consecuencias, pero me dijeron que daban por cerrado el caso. Yo estaba agotada y me rendí, no tenía más ganas de seguir luchando”.

A través de los encuentros en el bar y de los proyectos fuera del Institut, Ollé establece vínculos estrechos con actrices que justo empiezan su carrera. “Me dio trabajo en un montaje. Hacía creer a los alumnos de las otras clases que estábamos liados, y todo el mundo se pensaba que había conseguido el papel por eso. Pero no nos liamos nunca”, explica una actriz. Después de un ensayo, Ollé le insistió para que fuera a cenar con toda la compañía. “Iban a restaurantes caros y le dije que no me lo podía pagar. Él dijo que me invitaba. Fui y a media cena soltó: «Estas actrices, que les pagas la cena y no te las puedes follar»”, recuerda. Durante los años que coincidieron en el IT y en los escenarios profesionales, Ollé la acusaba a ella de seducirlo: “Era muy perverso. Siempre hacía comentarios sobre mí delante de la gente. Era constante, me hacía sentir culpable”.

Dentro y fuera del centro

Blanca G. coincidió con él por primera vez en un taller de cuarto y, unos meses después, él la fichó para hacer un espectáculo profesional. “Un día lo acompañé un trozo y me propuso tomar una copa. «Nos podríamos liar», me dijo. Cuando yo le dije que no, se me echó encima e intentó morrearme. Me lo quité de encima. Le dije: «El día que me puedas mirar como a una persona, y no como a un agujero, hablamos»”, explica. Las semanas previas al estreno los nervios aumentaban y las situaciones durante los ensayos eran insostenibles. La compañía se plantó, y Ollé llamó a Blanca a un rincón. “Después de todo lo que he hecho por ti, ¿me tratas así? No volverás a encontrar trabajo nunca más”, le dijo él. Al final salieron adelante prescindiendo de Ollé, que la noche del ensayo final llamó a las intérpretes. “Nos dijo: «Sois unas putas, sois horribles, no sabéis lo que habéis hecho»”, explica.

También trabajó con él otra chica que hizo con él la primera obra profesional después de los estudios. “Era muy violento, echaba broncas a todo el mundo. Lo pasé muy mal, llegaba a casa llorando”, explica la actriz. Era el director y no respetaba el espacio personal de cada uno. “Entraba en el vestuario como si fuera el rey del mambo. Le tocó el culo a una actriz y nos decía «Ay, qué guapa eres»”. Entre los miembros de la compañía y del equipo del teatro estos comportamientos se toleraban, a pesar de que un actor se enfrentó a él. “La gente decía: «Ya sabemos cómo es Joan». Era un abuso de poder y un maltratador clarísimo”, dice ella. Ollé le enviaba mensajes proponiéndole ir a cenar y pasar la noche en un hotel.

A otra actriz se le echó encima para darle un beso durante la Fira del Teatre de Tàrrega. “No tiene ningún tipo de límite, se agarra a alguien y le hace la vida imposible. Salíamos llorando de muchos ensayos”, explica una exalumna. Otra estudiante relata que, en vez de evaluarla, se dedicaba a opinar sobre su apariencia física, cosa que le generaba ansiedad. También la invitaba a cenar y le hablaba de un proyecto profesional que haría. La presencia del alcohol dentro del aula –a pesar de que está prohibido en el IT– era habitual. “Entraba con el vaso de alcohol en la mano”, dice Carla. “Un día, en el Pa Patxoca, él iba bebido y me vino a dar un beso en la boca. Me lo quité de encima”, explica otra chica. Los comentarios lascivos eran recurrentes. “Decía cosas como: «A estas chicas me las follaría a todas, qué tengo que hacer por follármelas?»”, recuerda Carmen P.

Respondiendo sobre las actitudes que se le atribuyen, Joan Ollé señala que lleva 40 años en el IT. “No me doy por aludido ante acusaciones anónimas. Que den la cara”, subraya Ollé. También admite que hubo una queja de una alumna y que “se demostró que las acusaciones eran absolutamente irreales”.

Otros profesores

Ollé no es el único profesor del IT a quien van dirigidas las quejas de los alumnos. Jorge Vera sexualizaba en gran parte de sus clases. Durante un ejercicio, a la hora de evaluar a Bárbara M., dijo: “Está buenísima, me pone mucho”, dirigiéndose al resto de alumnos. “En vez de evaluar mi interpretación, empezó a relatar en tono erótico y en primera persona qué sentiría él si me encontrara un día. Hacía comentarios sexualizados sobre mi cuerpo”, añade. Agnès recuerda cómo, junto con un compañero, les hizo representar explícitamente una escena de sexo a pesar de que el texto que habían escogido no lo indicaba. “Nos hizo desnudar y nos dijo que tenía que ser real. Nos preguntó detalles, si él daría marcha atrás y donde se correría. Los dos estábamos muy cohibidos, nos sentíamos como conejillos de Indias. Acabamos desnudos, solo con una sábana entre las partes íntimas y una encima, representando la escena ante los compañeros de nuestra clase y los de la otra”, explica. En otra ocasión, hizo subir a una estudiante vestida con minifalda sobre una mesa para decir: “Me estás poniendo mucho con este vestidito”. Bárbara N. explica que ella y un grupo de estudiantes trasladaron a la tutora el comportamiento de Vera. “Nos dijo que no podía hacer nada, que hacía años que pasaba”, explican tanto la actriz como un compañero de clase, Xavier A.

Vera niega que dijera este tipo de frases a los estudiantes, a pesar de que podía haber comentarios que “hieren a los alumnos” pero siempre vinculados al trabajo del personaje. “No me quiero justificar. Si hay un acusación real, un alumno dice que lo he dicho fuera de escena, que me ponga una denuncia y le daré la razón. Si alguien se ha sentido herido, me disculpo”, dice.

A lo largo de su trayectoria como profesor en el Institut, Vera mantuvo varias relaciones con alumnas. Anna C. fue su pareja durante un año: “Yo tenía 25 años y él 47. Me ha costado mucho ver que tenía un problema, que estaba enamorada de su poder”. Otra actriz acabó en casa de Vera con él borracho. No pasó nada, a pesar de los intentos del docente. “Me amenazó: «Si explicas lo que ha pasado, explicaré lo que no ha pasado». Salí de ahí con mucho miedo”, explica.

Vera es tajante a la hora de hablar de las relaciones entre profesores y alumnos: “Yo he tenido relaciones consentidas, la madre de mi hija era una alumna. Pero antes el IT era una academia, no una educación reglada. Evidentemente ahora no tendrían que suceder cosas que yo he hecho, no lo negaré. Hoy esto no tendría que pasar. He crecido y no estoy de acuerdo con ciertos comportamientos”.

En sus clases de máscara, Berty Tovías hacía poner a los alumnos a gatas con el pretexto de interpretar a un animal. “Me tocó el culo, reaccioné rápido y le di un bofetón”, dice Matxalen D. Hizo lo mismo con otras exalumnas, que lo definen como un profesor de manos «largas», y subrayan que durante sus clases se generaban “situaciones incómodas”. A Júlia la puso de ejemplo. “«Mirad cómo lo hace», dijo a todo el mundo, y me hizo poner las manos en el suelo y el culo afuera. Él vino por detrás y me cogió por las caderas, tocando su paquete con mi culo”, explica. Tovías asegura que no ha recibido nunca ninguna queja en este sentido y que si ha habido alguna situación de este tipo ha sido “sin mala fe”. “Si hace falta, lo lamento mucho, pero no tengo nada que esconder”, explica.

Estos tres no son los únicos casos. Otros profesores han aprovechado su posición de poder para mantener relaciones con alumnas de diferentes generaciones, repitiendo un patrón. También ha habido vejaciones y humillaciones. “Me aparté el pelo de la cara y el profesor me dijo: «Si una tía me está a punto de chupar la polla y se aparta el pelo de la cara es que es una profesional»”, explica Carla B. Otro profesor ha dado clases en una casa en la montaña –a pesar de que el IT lo prohíbe– animando a los alumnos a tener sexo entre ellos y participando de juegos de cariz sexual con algunos estudiantes, y también ha intentado mantener relaciones con algunos chicos y chicas, cosa que genera mucha incomodidad porque después los alumnos que lo han rechazado tienen que convivir con él cada día.

La respuesta de la institución

Para la dirección del centro “el Institut es un reflejo de la sociedad”, y ciertas actitudes de los docentes responden a una manera de hacer de una generación pasada. Respondiendo sobre los casos de Ollé, Tovías y Vera, la directora Magda Puyo asegura que “se ha trabajado para que ningún alumno se sintiera violentado, agredido o molesto por las dinámicas y metodologías de estos profesores, pero también de todo el resto”. Puyo mantiene que no se ha recibido ninguna denuncia formal de acoso en los últimos 10 años, a pesar de que las diferentes direcciones del centro han tenido constancia de la existencia de quejas, muchas de manera informal, y que llegaban a una parte del profesorado. “Los trabajadores tienen unos derechos, si no hay una denuncia no los puedes echar”, argumenta Puyo, y deja claro que desde su entrada en la dirección en 2015 se creó un protocolo y una comisión -formada por técnicos externos del IT, profesores y estudiantes- para abordar estos casos. En este sentido, el IT ha trabajado con algunos docentes para cambiar su actitud, incluso reduciéndoles las horas de clase. También se han hecho sesiones formativas al profesorado para la detección y prevención del acoso sexual en las aulas.

“El Institut, como otros muchos espacios y comunidades, no ha estado lo suficientemente atento a cuestiones de carácter sexual. En parte porque no teníamos las herramientas. Es muy difícil trabajar en los dos polos, la víctima se siente víctima y el acosador no se siente acosador”, dice Puyo, que, eso sí, asegura que la mayoría de situaciones no tienen lugar dentro del centro: “Lo que pasa fuera es responsabilidad de cada uno, son mayores de edad”. También señala que hay cuestiones que no se pueden perseguir: “Las relaciones sexuales entre alumnos y profesores pasan y no se ven como un problema, es una cuestión íntima. Solo tengo derecho a hablar de las consecuencias negativas que pasen dentro del Institut”.

A pesar de que la dirección sostiene que no hay ninguna denuncia formal sobre acoso, a lo largo de los años son diversas las estudiantes que han trasladado sus quejas a los tutores y jefes de estudios. La situación llegó a tal punto que en 2016 se creó el Grup d’Acció Feminista, formado por estudiantes, y se llevaron a cabo acciones para expresar el malestar ante las actitudes machistas y el maltrato psicológico de algunos docentes. Un curso antes, los estudiantes redactaron un manifiesto que leían en cada función, y al cual daban apoyo discretamente algunos docentes.

Maltrato psicológico

Para algunos alumnos lo más grave es la forma en la que algunos profesores tratan a los estudiantes. «Los abusos de poder no siempre son de tipo sexual. Hay maltrato psicológico. Hemos visto a muchos alumnos con ansiedad y depresión», explica un actor. Al respecto, la dirección es clara: «La humillación del alumno es deplorable, pero también se le deben poder decir las cosas cuando las hace mal, la corrección puede ser dura». «Somos 48 en cada generación y cada año peta alguien por ansiedad, que se tiene que medicar fuerte, ingresado en el hospital… La presión es muy alta», añade Julia V.

Hasta hace muy poco, estas actitudes no se denunciaban. El tema de la violencia sexual estaba latente, pero sepultado. Era un tabú, imperaba el silencio y por eso prácticamente no había denuncias. Hasta la irrupción del Me Too, precisamente también en el ámbito cultural, las personas que habían sufrido estas vejaciones no daban el paso adelante de revelarlas. Estas actitudes se habían normalizado socialmente. De unos años hacia aquí, sin embargo, tal como han hecho decenas de alumnas del IT, se empiezan a romper estos silencios.

Jorge Vera y Berty Tovías se jubilaron y dejaron el Institut del Teatre en 2016. Joan Ollé se jubilará este curso.

Fuente: Ara

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